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¿Ya llegó el fin del mundo?

Noviembre 26, 2017
"El misterio de la iniquidad ya está obrando ciertamente"

El Evangelio del último Domingo después de Pentecostés, tomado de San Marcos, hace referencia a los tiempos finales. Será bueno, en consecuencia, repasar un poco la doctrina católica sobre el fin del mundo.

La Biblia y los signos de la Parusía 1

La Parusía, verdad de fe

Nuestro Señor Jesucristo volverá. Lo anunciaron los ángeles el mismo día de la Ascensión:

Este Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo”.2

A diferencia de su primera venida, humilde y desconocida, la segunda venida del Verbo Encarnado será solemne y gloriosa. Vendrá en la gloria de su Padre, escoltado por los santos ángeles,3 con todos sus santos,4 sobre las nubes del cielo con poder y gloria grande,5 en llamas de fuego,6 sobre su trono glorioso.7 También se sabe que aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre,8 en la que la mayoría de los Padres de la Iglesia ve la Cruz, cuya imagen luminosa se formará en el cielo.

El tiempo de la Parusía

Si bien la segunda venida del Mesías es dogma de fe, el momento de su realización es mucho menos evidente, para no decir incognoscible. Varios pasajes de la Sagrada Escritura disuaden al que quiera determinarlo:

Mas en cuanto al día aquel y a la hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, sino el Padre solo”.9

Será un acontecimiento súbito e imprevisible:

Así como el relámpago sale del Oriente y brilla hasta el Poniente, así será la Parusía del Hijo del Hombre”;10 “el día del Señor vendrá como ladrón”.11

Por eso Nuestro Señor Jesucristo invita a todos los hombres, presentes y futuros, a la vigilancia:

Velad, pues, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Comprended bien esto, porque si supiera el amo de casa a qué hora de la noche el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría horadar su casa. Por eso, también vosotros, estad prontos, porque a la hora que no pensáis, vendrá el Hijo del Hombre”.12

El mismo Santo Tomás, doctor común de la Iglesia, no deja lugar a la duda cuando habla del tiempo del juicio final:

Como lo dice San Agustín, no se puede determinar el tiempo que falta [antes del juicio], en cuanto al mes, al año, al siglo o al milenio”.13

Por lo tanto, ¿no será superfluo, e incluso contrario a la divina voluntad, discurrir sobre los posibles signos de la Parusía? Podría ser así, si la misma Sagrada Escritura no nos proporcionase ciertas señales, por donde puede conjeturarse de algún modo la mayor o menor proximidad del desenlace final. Consiguientemente, no se nos prohíbe examinar estas señales, pero es preciso tener en cuenta que son muy vagas e inconcretas, y se prestan a grandes confusiones, sobre todo por el carácter evidentemente metafórico y ponderativo de muchas de ellas.

Recogemos, entonces, estas señales, guardándonos mucho de llegar a conclusiones demasiado concretas y simplistas, recordando estas palabras del Padre Antonio Royo Marín:

Lo único cierto en esta materia tan difícil y oscura, es que nadie absolutamente sabe nada: es un misterio de Dios”.14

Las señales precursoras del fin del mundo

1) La predicación del Evangelio en todo el mundo. Lo anunció el mismo Jesucristo al decir a sus Apóstoles cuando dijo

Será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin”.15

Y también:

Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”.16

Y en otro lugar:

Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra”.17

Lo cual no hay que entenderlo en el sentido de que todas las gentes se convertirán de hecho al cristianismo, sino únicamente que el Evangelio se propagará suficientemente por todas las regiones del mundo, de manera que todos los hombres que quieran, puedan convertirse a él.

Tampoco se puede decir que el fin del mundo vendrá inmediatamente después que el Evangelio haya llegado a los confines de la tierra, sino únicamente que no sobrevendrá antes de ello.

2) La apostasía universal de la fe cristiana. Lo anunció Nuestro Señor Jesucristo y lo repitió San Pablo: Se levantarán muchos falsos profetas que engañarán a muchos, y por el exceso de la maldad se enfriará la caridad de muchos.18 Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra? 19 Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes [de que ocurra la Parusía] ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición.20

Esta apostasía de la fe no será total y absoluta en todo el género humano, ya que la Iglesia no puede perecer. Pero es difícil precisar su verdadero alcance y significación. Algunos teólogos la interpretan en el sentido de que la mayoría de las naciones y pueblos, en cuanto sociedades políticas, renunciarán al cristianismo, de forma que los principios, leyes, escuelas, organización, familiar y, en general, toda la vida pública serán contrarias a las normas de la fe.

Al mismo tiempo, la vida individual de la mayor parte de los hombres discurrirá también por cauces contrarios al cristianismo, aunque nunca faltarán del todo almas sinceras que conservarán incontaminado el espíritu cristiano hasta el fin de los siglos. Esta pérdida general de la fe será, a la vez, la preparación y la obra de la venida del Anticristo.

3) La conversión de los judíos. En contraste con esta apostasía casi general, habrá de verificarse la conversión de Israel anunciada por San Pablo:

No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio (…): el endurecimiento ha venido sobre una parte de Israel hasta que la plenitud de los gentiles haya entrado; y de esta manera todo Israel será salvo; según está escrito: De Sión vendrá el Libertador; Él apartará de Jacob las iniquidades”.21

También lo profetizó Oseas:

Mucho tiempo han de estar los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio (…) Pero después se convertirán los hijos de Israel, y buscarán a Yahvé, su Dios, y a David, su rey; y con temblor acudirán a Yahvé y a su bondad, al fin de los tiempos”.22

¿Cuándo habrá de realizarse esta vuelta de Israel a la verdadera fe, en qué medida y proporción, con qué manifestaciones externas? He ahí otros tantos misterios que nadie absolutamente podría aclarar.

4) El advenimiento del Antricristo.  La palabra “Anticristo” 23 tiene dos acepciones distintas en la Sagrada Escritura. Puede designar cualquier manifestación del espíritu anticristiano, en contra de Nuestro Señor Jesucristo: el pecado, la herejía, la persecución, etc. En este sentido habla San Juan cuando dice: Ahora, muchos se han hecho anticristos.24 Pero en su sentido propio, la palabra “Anticristo” designa una persona sumamente enemiga de Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia, que aparecerá al fin del mundo.

Según esta acepción hablan los apóstoles San Juan y San Pablo en los siguientes textos:

Habéis oído que viene el Anticristo (…) Ese es el Anticristo, que niega al Padre y al Hijo”.25

Respecto a la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo (…) Nadie os engañe en manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de perdición; el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse en el mismo templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios (…) Y ahora ya sabéis qué es lo que (lo) detiene para que su manifestación sea a su debido tiempo. El misterio de la iniquidad ya está obrando ciertamente, sólo (hay) el que ahora detiene hasta que aparezca de en medio. Y entonces se hará manifiesto el inicuo a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía; (aquél inicuo) cuya aparición es obra de Satanás con todo poder y señales, y prodigios de mentira, y con toda seducción de iniquidad para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad”.26

  • 1. La palabra Parusía, viene del griego y significa una “presencia, llegada o visita”. Designa, en el Nuevo Testamento, la vuelta gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo al fin del mundo, para juzgar a los vivos y los muertos.
  • 2. Hechos de los Apóstoles, 1, 11.
  • 3. San Marcos, 8, 38.
  • 4. I Tesalonicenses, 3, 13.
  • 5. San Mateo, 24, 30.
  • 6. II Tesalonicenses, 1, 8.
  • 7. San Mateo, 19, 28.
  • 8. San Mateo, 24, 30.
  • 9. San Mateo, 24, 36.
  • 10. San Mateo, 24, 27.
  • 11. II Pedro, 3, 10.
  • 12. San Mateo, 24, 42-44.
  • 13. Suppl. cuestión 88, a. 3, ad 2um.
  • 14. Antonio Royo Marín: “Teología de la Salvación”, segunda edición, pág. 566.
  • 15. San Mateo, 24, 14.
  • 16. San Marcos, 16, 15.
  • 17. Hechos de los Apóstoles, 1, 8.
  • 18. San Mateo, 24, 12.
  • 19. San Lucas, 18, 8.
  • 20. II Tesalonicenses, 2, 3.
  • 21. Romanos, 11, 25-26.
  • 22. Oseas, 3, 4-5.
  • 23. La palabra “Anticristo” viene del griego y significa literalmente “en contra de Cristo”.
  • 24. I San Juan, 2, 18.
  • 25. I San Juan, 2, 18-23.
  • 26. II Tesalonicenses, 1, 10.
"...aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre..." (San Mateo, 24, 30)

De estas y otras citas, interpretadas a la luz de los comentarios de los Padres y teólogos de la Iglesia, se puede llegar a las siguientes conclusiones:

a) El Anticristo vendrá en los últimos tiempos, antes de la Parusía.

b) Será una persona real, no un demonio encarnado o un hombre aparente.

c) Será un individuo (“el hombre de iniquidad, el hijo de perdición”) y no una colectividad o serie de personas, a pesar de que tendrá muchos seguidores.

d) Seducirá a muchos por su predicación, prodigios y mentiras.

e) Será matado por el “aliento de la boca” 1 de Nuestro Señor Jesucristo.

f ) Su venida se posterga hasta que desaparezca un misterioso obstáculo que lo detiene.2 Fuera de estas conclusiones, no se puede saber nada con certeza respecto al Anticristo y al tiempo de su venida.

2) La aparición de Elías y Enoc.

Es otra señal misteriosa, que sólo de una manera muy confusa puede apoyarse sobre la Sagrada Escritura”.3

Respecto a Elías, la Sagrada Escritura dice lo siguiente:

He aquí que os enviaré al profeta Elías, antes que venga el día grande y tremendo de Yahvé. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que Yo viniendo hiera la tierra con anatema”.4

Y en otro lugar:

Tú (Elías) estás escrito en los decretos de los tiempos, para aplacar el enojo del Señor, reconciliar el corazón de los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob”.5

También, al bajar del monte Tabor el día de la Transfiguración,

Los discípulos le hicieron (a Jesús) esta pregunta:

¿Por qué, pues, los escribas dicen que Elías debe venir primero? Él les respondió y dijo: Elías vendrá y restaurará todo”.6

De Enoc dice la Sagrada Escritura: Enoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó.7 Y en el libro del Eclesiástico: Enoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso para predicar a las naciones la penitencia.8 El mismo San Pablo dice:

Por la fe, Enoc fue trasladado para que no viese la muerte, y no fue hallado porque Dios lo trasladó”.9

Muchos Santos Padres —entre los que se cuentan San Jerónimo y San Agustín —aplican a Elías y a Enoc el misterioso episodio de los dos testigos que lucharán contra el Anticristo y serán muertos, para resucitar después gloriosamente:

Y daré a mis dos testigos que, vestidos de sacos, profeticen durante mil doscientos sesenta días (…) Y cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará guerra, los vencerá, y les quitará la vida (…)”10

Pero otros Padres y expositores sagrados dan otras interpretaciones muy diversas, por lo que es forzoso concluir que nada absolutamente se puede afirmar sobre este particular.

6) Grandes calamidades naturales y públicas. Nuestro Señor habla de guerras y catástrofes:

Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Mirad que no os turbéis! Esto, en efecto, debe suceder, pero no es todavía el fin. Porque se levantará pueblo contra pueblo, reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambres, y pestes, y terremotos. Todo esto es el comienzo de los dolores”.11

Alude también a fenómenos en el cielo:

Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días el sol se oscurecerá, y la luna no dará más su fulgor, los astros caerán del cielo y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre”.12

En otro lugar indica señales en el sol, la luna y las estrellas y, sobre la tierra, ansiedad de las naciones a causa de la confusión por el ruido del mar y la agitación (de sus olas),13 recordando así las palabras del profeta Joel:

Haré prodigios en el cielo y en la tierra; sangre y fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que llegue el grande y terrible día de Yahvé”.14

Pero los Santos Padres y exégetas concuerdan todos en decir que la interpretación de esas palabras está llena de dificultad y misterios. Escuchemos a Santo Tomás:

Cuáles son estas señales, no es fácil saberlo. Porque los signos que leemos en el Evangelio, como dice San Agustín, no pertenecen únicamente al advenimiento de Cristo para el juicio, sino también al tiempo de la destrucción de Jerusalén, y al advenimiento con el cual Cristo visita continuamente a su Iglesia. De tal modo que, si se advierte cuidadosamente, ninguno de ellos puede encontrarse como perteneciente al futuro advenimiento, como dice Él mismo; porque los signos que en el Evangelio se tocan, como guerras, terrores y cosas semejantes, ya existieron desde el principio del género humano; a no ser que se diga que entonces se agravarán más y más. Pero hasta qué punto su crecimiento anuncie la proximidad de su venida, es cosa del todo incierta”.15

¿Ya llegó el fin del mundo?

Tratemos de aplicar lo dicho, en la medida que podamos, a la situación del mundo de hoy. Parece claro que el Evangelio ya se predicó en el mundo entero, especialmente con los medios de comunicación actuales, con los que se puede acceder a informarse desde cualquier lugar del orbe.
Tampoco se puede negar que la apostasía general de la fe cristiana es una realidad, tanto a nivel de las sociedades como de los individuos. Ya no existen países católicos, y pocos son los que siguen profesando la fe católica en su integralidad.

Los mismos hombres de la Iglesia, inspirados por un espíritu neomodernista, se hicieron colaboradores de una “apostasía silenciosa”, reconocida por el mismo Juan Pablo II.16

En cuanto a los cuatro otros signos de la Parusía, en cambio, no se puede afirmar que ya se cumplieron, aunque parece indiscutible que los tiempos actuales son propicios para la venida del Anticristo. Por lo tanto, aún en nuestros días, se verifica lo que Nuestro Señor decía a sus Apóstoles:

Velad, pues, porque no sabéis ni el día, ni la hora”.17

¿Cómo esperar el fin del mundo?

A modo de conclusión, citemos unas palabras de San Pablo a los Tesalonicenses. Convencidos falsamente de la inminencia de la Parusía, los habitantes de Tesalónica estaban llenos de terror y abatimiento. En lugar de estimularlos al bien, el pensamiento del fin del mundo los turbaba y paralizaba su vida espiritual. Algunos descuidaban su deber de estado, se dejaban llevar por la indiferencia, con la misma apatía con la que el condenado a muerte espera, desconsolado, su degollación. San Pablo escribió su segunda Epístola a los Tesalonicenses para luchar contra este espíritu destructor que lleva al desánimo:

Hemos oído que algunos de vosotros viven en el desorden, sin trabajar, sólo ocupándose de cosas vanas”. “Hermanos, estad firmes y guardad las enseñanzas que habéis recibido”. “El mismo Señor nuestro Jesucristo, (…) consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena”. “El Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y la paciencia de Cristo”. “No os canséis de hacer el bien”.18

Hoy en día sigue existiendo la misma tentación. Al ver que se cumplieron algunos signos de la Parusía, podríamos adoptar una actitud pasiva, desesperada, en esta crisis que sacude la Iglesia, pensando más o menos conscientemente: “Salvemos lo que podamos. Salvemos nuestras almas, nuestras familias. Ya es mucho. Pero no busquemos más. No busquemos restablecer el reino social de Nuestro Señor Jesucristo ni la Cristiandad. Tampoco hace faltar mantener el contacto con las autoridades romanas imbuidas de modernismo, para tratar de mostrarles los errores que corroen la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. No vale la pena, porque ya está predicho: la situación no va a cambiar. Es la gran apostasía profetizada por la Sagrada Escritura. Se acerca el fin del mundo”.

Pensar de esta manera, sería olvidar que no tenemos todavía ninguna certeza respecto a la inminencia de la Parusía. Sería “cansarnos de hacer el bien”, lo contrario de lo que nos pide San Pablo.

A un soldado se le pide que luche por su rey hasta la muerte. Lo mismo, con fervor y ánimo aún mayores, se exige al católico, que por la confirmación fue hecho soldado del Rey eterno. No es tiempo de bajar los brazos.

Confiemos en la gracia, y cuando seamos presa de la tentación de desánimo al ver la amplitud y dificultad de la obra, recordemos que, por la ayuda divina, David ganó contra Goliat, y digamos con Santa Juana de Arco: ¡Luchemos, y Dios dará la victoria!

  • 1. El “aliento de la boca” simboliza el mandato divino, por el que nuestro Señor Jesucristo concretará la muerte del Anticristo.
  • 2. Es el famoso “catejón” (del griego “obstáculo”) cuya naturaleza es todavía desconocida. Los comentadores no saben si es una persona o un objeto. Algunos dicen que este obstáculo es el decreto divino que no permite todavía la aparición del Anticristo, otros hablan de San Miguel Arcángel. Santo Tomás ve el obstáculo en el espíritu cristiano en el seno de la sociedad: vendrá el Anticristo sólo cuando la fe de la Iglesia Romana haya desaparecido. Pero todos los exégetas reconocen la imposibilidad de llegar a una certeza al respecto (cfr. Prat: “La teología de San Pablo”, sobre la segunda Epístola a los Tesalonicenses; Lusseau-Colomb: “Manuel d’études bibliques”, tomo 5; D.T.C. artículo ANTÉCHRIST; Biblia Pirot-Clamer, tomo XII).
  • 3. Antonio Royo Marín, op. cit., pág. 568.
  • 4. Malaquías, 4, 5-6.
  • 5. Ecli. 48, 10.
  • 6. San Mateo, 17, 10-11.
  • 7. Génesis, 5, 24.
  • 8. Ecli. 44, 16.
  • 9. Hebreos, 11, 5.
  • 10. Apocalipsis, 11, 3-13.
  • 11. San Mateo, 24, 6-8.
  • 12. San Mateo, 24, 29-30.
  • 13. San Lucas, 21, 25.
  • 14. Joel, 2, 30-31.
  • 15. Suppl. cuestión 73, a. 1.
  • 16. Exhortación apostólica “Ecclesia in Europa”, 28 de junio de 2003, nº 9.
  • 17. San Mateo, 25, 13.
  • 18. II Tesalonicenses, cap. 2 y 3.