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Notas al Evangelio de la Quincuagésima

Febrero 09, 2018
"La curación del ciego", cuadro de El Greco pintado en 1567.

En aquel tiempo: Tomando consigo a los Doce, les dijo: “He aquí que subimos a Jerusalén, y todo lo que ha sido escrito por los profetas se va a cumplir para el Hijo del hombre.  Él será entregado a los gentiles, se burlarán de Él, lo ultrajarán, escupirán sobre Él, y después de haberlo azotado, lo matarán, y al tercer día resucitará.  Pero ellos no entendieron ninguna de estas cosas; este asunto estaba escondido para ellos, y no conocieron de qué hablaba.  Cuando iba aproximándose a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, y mendigaba.  Oyendo que pasaba mucha gente, preguntó qué era eso.  Le dijeron: “Jesús, el Nazareno pasa”.  Y clamó diciendo: “¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí!”  Los que iban delante, lo reprendían para que se callase, pero él gritaba todavía mucho más: “¡Hijo de David, apiádate de mí!”  Jesús se detuvo y ordenó que se lo trajesen; y cuando él se hubo acercado, le preguntó: “¿Qué deseas que te haga?”  Dijo: “¡Señor, que reciba yo la vista!”  Y Jesús le dijo: “Recíbela, tu fe te ha salvado”.  Y en seguida vio, y lo acompañó glorificando a Dios.  Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios. (Santo Evangelio según San Lucas [XVIII, 31-43])

 

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Gregorio, in Evang hom. 21

35-41a. Como los discípulos todavía eran carnales, no podían comprender las palabras misteriosas. Por esto se realiza un milagro. Un ciego recibe la vista en presencia de ellos, para que este divino prodigio los confirme en la fe. Por esto sigue: “Y aconteció que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado pidiendo limosna…”

Representa este ciego a todo el género humano, que desconociendo la claridad de la verdadera luz desde su primer padre, sufre las tinieblas de su condenación. Jericó quiere decir luna, que cuando mengua en cada mes representa el defecto de nuestra mortalidad (hom. 2).

Por tanto, mientras el Creador se acerca a Jericó, el ciego recobra la vista; porque cuando la divinidad asumió la debilidad de nuestra carne, el género humano recibió la luz que había perdido.

Así, pues, el que desconoce la claridad de la luz eterna, está ciego, pero si cree en su Redentor, que dijo (Jn 14,6): “Yo soy la vida”, está sentado junto al camino. Y si cree en El y le ruega para que pueda ver la luz eterna, entonces está sentado y mendiga junto al camino.

Además, los que preceden a Jesús cuando viene, representan la muchedumbre de los deseos carnales y los tumultos de los vicios, que disipan todo nuestro pensamiento antes que Jesús venga a nuestro corazón y nos turban en nuestra oración. “Pero él clamaba mucho más”; porque cuanto más grave es el tumulto de nuestros pensamientos, tanto más debemos insistir en la oración. Así, cuando padecemos en la oración el acoso de muchas malas imágenes, conocemos que Jesús pasa cerca de nosotros. Cuando insistimos en la oración con toda vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida.

Pasar es propio de la humanidad y estar es propio de la divinidad. El Señor, al pasar, oyó al ciego que clamaba y al detenerse lo iluminó, porque por su humanidad se ha compadecido de las voces de nuestra ceguera. Pero nos ha infundido la luz de su gracia por el poder de su divinidad. Para esto nos pregunta qué queremos, a fin de animarnos a orar. Quiere, pues, que pidamos lo que El prevé que le pediremos y que nos concederá.

41b-43. El ciego no pide al Señor oro sino la vista, para que busquemos nosotros no las falsas riquezas, sino la luz que podemos ver solo nosotros y los ángeles, a cuya luz nos conduce la fe. Por esto dice muy oportunamente al ciego: “Ve, tu fe te ha salvado”. El lo ve y lo sigue, porque practica el bien que conoce.

 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,48

35. Podríamos entender acerca de la proximidad de Jericó, que habiendo salido ya de esta ciudad, -según manera de hablar menos usada-, se encontraban todavía cerca de ella. Pero puede creerse que se dijo esto así, porque San Mateo dice que saliendo ellos de Jericó, dio vista a dos ciegos que estaban sentados junto al camino. No habría ninguna cuestión respecto del número, si uno de los evangelistas hubiese hecho omisión de uno de los ciegos, haciendo mención únicamente del otro. Porque San Marcos sólo habla de uno, que recibió la vista cuando ellos salían de Jericó. Como expresa su nombre y el de su padre, para que comprendamos que era muy conocido, mientras el otro era desconocido, parece que no quiso hablar sino del que era conocido. Pero como lo que sigue del Evangelio de San Lucas da a conocer claramente que sucedió esto cuando venían a Jericó, debemos entender que este milagro se repitió por dos veces: una en un ciego, cuando venían hacia la ciudad y otra en dos, cuando salían de ella: San Lucas hace mención de uno de estos milagros y San Mateo del otro.

Si Jericó quiere decir luna, y por ende mortalidad, el Señor, aproximándose a la muerte, manda predicar la luz del Evangelio únicamente a los judíos, a quienes representó el ciego que menciona San Lucas. Pero resucitando de la muerte y abandonando Jericó, manda predicar a los judíos y a los gentiles, cuyos pueblos parece que son representados por los dos ciegos de quienes hace mención San Mateo.

 

San Cirilo

35-38a. El pueblo que rodeaba al Salvador era numeroso y el ciego en realidad no lo conocía. Sin embargo, sentía afecto hacia Él y con este afecto suplía lo que le faltaba de vista. Por esto sigue: “Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello”. Y los que tenían vista le contestaban conforme a la opinión (común).1 Sigue pues: “Le dijeron que pasaba Jesús Nazareno”. Pero el ciego proclamaba la verdad. Se le enseña una cosa y predica otra; porque sigue: “Y dijo a voces: Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”. ¿Pero quién te ha enseñado esto? ¿Acaso has podido leer los libros sagrados careciendo de vista? ¿Cómo has conocido la luz del mundo? En verdad Dios ilumina a los ciegos (Sal 145).

38b-41. Educado en el judaísmo, no desconocía que Dios había de nacer, según la carne, de la estirpe de David. Por eso le habla como a Dios diciéndole: “Compadécete de mí”. Imiten a éste los que ven en Jesucristo dos personas,2 porque habla a Cristo como a Dios y lo llama hijo de David. Admírense de la fidelidad de su confesión, porque algunos querían impedirle que confesase su fe. Prosigue: “Y los que iban delante le reñían para que callase”. Pero no se acobardaba su audacia por esto, porque sabía que la fe lucha y triunfa de todos los obstáculos. Es muy conveniente, por lo tanto, dejar todo miramiento por servir a Dios. Porque si hay algunos que por causa del dinero no tienen vergüenza, ¿no estaría bien tener también una sana desvergüenza cuando se trata de la salvación del alma? Por esto sigue: “Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten misericordia de mí”. Cristo se detiene a la voz del que lo llama con fe y echa una mirada sobre los que lo invocan. Así, llama al ciego y le manda que se aproxime. Por esto sigue: “Y Jesús, parándose, mandó que le trajesen”, con el fin de que quien primero le había tocado por la fe se acercase con el cuerpo. El Señor pregunta al ciego cuando se hubo aproximado; prosigue: “Y cuando estuvo cerca le preguntó: ¿Qué quieres que te haga?” Le pregunta como misericordioso y no como ignorante para que conociesen todos los que estaban presentes que el ciego no pedía dinero, sino la gracia divina como a Dios; y prosigue: “Y él le respondió: Señor, que vea”.

42-43. Aquí se demuestra que el ciego había sido liberado de una doble ceguera: la corporal y la intelectual. No lo hubiese alabado como a Dios, si no hubiera visto claramente, dando así ocasión a que otros lo glorificasen. Prosigue: “Y cuando vio esto todo el pueblo dio gloria a Dios”.

 

San Juan Crisóstomo

41-43. Como los judíos, calumniadores de la verdad, podían decir lo que habían dicho del ciego de nacimiento (Jn 9): “No es éste sino uno semejante a él”, quiso que el ciego mostrase antes su ceguera, para que se conociese así la majestad de su gracia. Así, pues, en cuanto expuso el ciego su petición, le mandó el Salvador, lleno de majestad, que viese. Por esto sigue: “Y Jesús le dijo: Ve”. Lo cual redundaba en contra de la traición de los judíos, porque ¿qué profeta ha hablado alguna vez así?

Considera qué es lo que exige el médico de aquél a quien ha curado, puesto que sigue: “Tu fe te ha salvado”. Los beneficios se obtienen por la fe y se difunde la gracia que la fe recibe. Y así como sacan poca agua de una fuente los que van allí con vasos pequeños y sacan mucha los que los llevan mayores, -no distinguiendo la fuente las medidas- y como sucede también a la luz, que extiende más o menos su claridad según las ventanas que se abren, así se recibe la gracia, según la medida de la intención. La voz del Salvador se convierte en luz del ciego; porque era el verbo de la verdadera luz. Por esto sigue: “Y luego vio”.

Pero el ciego que había demostrado su fe ardiente, quiso mostrar después su gratitud ante el beneficio recibido.

Continúa pues: “Y le seguía, glorificando a Dios”.

Aquí debe examinarse por qué Jesucristo prohibió que lo siguiese el endemoniado que quería seguirlo y no se lo prohibió al ciego que había recobrado la vista. Pero, bien mirado, no hay nada de irracional en este modo de obrar. Mandó a aquél como pregonero con el fin de que proclamase a su bienhechor por su estado, porque era un gran milagro el ver a un loco furioso recobrar el juicio. Y permite que lo siga el ciego cuando se encaminaba hacia Jerusalén, porque había de consumar el gran misterio de su cruz; para que teniendo noticias de este reciente milagro, no pensasen que padecería (Jesús) por debilidad, sino por caridad.

 

San Ambrosio

35. En el ciego tenemos un tipo del pueblo gentil que recibió la claridad de la luz perdida por el sacramento del Señor. No importa que sea curado un ciego o que lo sean dos, pues como descendían de Cam y Jafet, hijos de Noé, se puede representar a los dos autores de su raza en estos dos ciegos.

41. Preguntó también al ciego, para que comprendiésemos que únicamente podrá salvarse el que le confiese.

  • 1. Hace referencia al contraste entre lo que la gente ve al mirar a Jesús: el “habitante de Nazaret”, y lo que el ciego proclama: “Hijo de David”. Para el común del pueblo, Jesús era el Nazareno, o en el mejor de los casos, el profeta de Nazaret (ver Mt 21,11; Jn 1,45). En cambio, el ciego lo está proclamando como Mesías.
  • 2. Alusión al nestorianismo radical, que a partir de una mala comprensión de la unión del Verbo con la naturaleza humana, enseñaba que debía distinguirse entre el Verbo (que es Dios) y el hombre Jesús en el cual el Verbo habita, al modo como un hombre habita en una casa. De esto se sigue que el Verbo “está en el hombre”, pero que el Verbo no es el hombre; por ello, todas las acciones divinas (creación, milagros, etc.) debían ser dichas sólo del Verbo, mientras que las acciones humanas (nacer, sufrir, llorar, morir) sólo debían ser atribuidas al hombre. El Concilio de Efeso (431) condenó la herejía nestoriana, pues rompe la unidad de persona en Jesucristo. Ver Dz 111a; Dz 116.
“¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí!”

Comentarios desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio Magno, papa

Homilías sobre el evangelio, n° 2: PL 76, 1081.

«¡Veo!… Tu fe te ha salvado» (Lc 18,42).

Fijémonos en que el ciego recobra la vista cuando Jesús está ya próximo a Jericó. Jericó significa «luna», y en la Santa Escritura, la luna es el símbolo de la carne destinada a desaparecer; en este momento del mes, la luna decrece, simbolizando con ello el declive de nuestra condición humana condenada a la muerte. Es, pues, al acercarse a Jericó que nuestro Creador devuelve la vista al ciego. Es al hacerse nuestro prójimo a través de la carne que asume y de la que se reviste con su mortalidad, que devuelve al género humano la luz que habíamos perdido. Es precisamente porque Dios asume nuestra naturaleza que el hombre accede a la condición divina.

Observemos lo que el Señor dijo al ciego que se le acercó: «¿qué quieres que haga por ti?» El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero Él desea que le pidamos las cosas, aunque Él lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos, el que afirma: “vuestro Padre celestial sabe lo que os hace falta, antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración…

Y es precisamente la humanidad la que queda representada por este ciego sentado al borde del camino y mendigando, porque la Verdad dice de ella misma: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). El que no conoce el resplandor de la luz eterna, ciertamente es ciego, pero si comienza a creer en el Redentor, entonces «está sentado al borde del camino». Si creyendo en él, descuida de pedir el don de la luz eterna, si rechaza pedírselo, permanece al borde del camino; y no se cree necesitado de pedir… Que todo el que reconoce que las tinieblas hacen de él un ciego, que todo el que comprende que le falta la luz eterna, clame del fondo de su corazón, con todo su espíritu: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí».

Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz… Imitemos a este hombre, hermanos muy queridos. No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros,que no tiene principio y ni fin. Sin embargo, el camino para llegar a esta luz, es la fe. Por tanto, con razón el Señor responde inmediatamente al ciego que va a recobrar la luz: «¡Levántate! Tu fe te ha salvado».

 

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía sobre el Evangelio de San Mateo 66,1.

«¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,38).

Escuchemos a estos ciegos, mucho mejores que muchos de los que ven. Pues sin tener guía, sin ver a Jesús que se acercaba, procuraban empeñosamente acercársele. Y comenzaron a clamar con grandes voces; y como se les ordenara callar, más aún clamaban. Así es un alma perseverante: se aprovecha por medio de los mismos que procuran impedirla.

Cristo permite que se les ordene callar para que resalte el fervor de ellos y conozcas que en realidad eran dignos de recibir la salud. Por lo mismo ni siquiera les pregunta si creen, como solía hacerlo, pues sus clamores y el anhelo de acercársele suficientemente manifestaban su fe. Por aquí conoces, carísimo, que aún cuando seamos viles y bajos en exceso, si nos acercamos anhelosos a Dios, podremos alcanzar por nosotros mismos lo que pedimos. Observa cómo estos ciegos, sin tener el patrocinio de ninguno de los apóstoles y por el contrario habiendo muchos que los detenían, pudieron pasar por sobre todos los obstáculos y acercarse a Jesús. Y aunque los evangelistas no testifiquen haber tenido ellos alguna confianza por su género de vida, pero el fervor les valió para todo.

Imitémoslos. Aunque el Señor dilate su don, aunque muchos se nos interpongan, no cesemos de pedir. Así nos conciliaremos especialmente a Dios.

 

San Francisco de Sales, obispo

Sermón. X, 227.

«Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. Los que iban en cabeza le reprendían, para que callase, pero él gritaba más fuerte» (Lc 18, 38-39)

Una de las mayores faltas que tenemos en nuestras oraciones y en todo lo que nos sucede, sobre todo si son tribulaciones, es nuestra poca confianza. La confianza es una de las principales condiciones que hacen grata nuestra oración ante Dios. “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi.” El buen ciego cree que si el Señor se apiada de él, será curado. No duda ni de su poder ni de su querer; y se diría: yo sé que eres dulce y benigno para todos y no tengo la menor duda de que si te ruego que te apiades de mí, me escucharás.

Y nada puede hacer disminuir esta confianza: “ten piedad de mí.” No tiene otras palabras en su boca y las repite una y otra vez, yendo detrás del Señor.

Gran virtud esta de la perseverancia en la oración. Y gritaba de tal modo que los que iban con Jesús le instaban a que callase, pero él gritaba aún más fuerte: “ten piedad de mí.” Así mostraba su perseverancia y no es pequeña virtud la de perseverar en hacer siempre la misma oración y los mismos ejercicios.

El ser humano es tan extraño, tan inconstante, que no tiene perseverancia en lo que emprende, por eso el hacer siempre lo mismo en la Religión es un martirio, si bien se considera.

Es cierto que quienes la han comprendido bien, dicen de ella que es un paraíso; pero también se la puede llamar un martirio, pues se martiriza continuamente la fantasía del alma y todas nuestras propias voluntades.

¿No es un martirio ir siempre con el mismo hábito, sin estrenar nunca un vestido nuevo, con hechura nueva, como hacen en el mundo? ¿No es un martirio comer siempre a la misma hora y casi siempre los mismos platos? Y no se puede decir como en el mundo: quítame esto que no está bueno, o que me va a hacer daño.

En Religión no se puede hacer eso, hay que comer lo que nos ponen. Y eso es un martirio, como lo es el hacer siempre las misma cosas y los mismos ejercicios.

 

San Rafael Arnáiz Barón, monje trapense español

(Obras completas – Editorial Monte Carmelo, p. 423-424, 426 – §355 y 358).

«El ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (Lc 18,43).

Tengo un tesoro tan grande, querida hermana. Quisiera dar gritos de alegría y decirle a toda la creación… alabad al Señor, amad al Señor, es tan bueno, es tan grande, es Dios. […] El mundo no ve; es ciego y Dios necesita amor, mucho amor. Yo no puedo darle todo, soy pequeño, me vuelvo loco. Quisiera que el mundo le amase, pero el mundo es su enemigo.

Señor, qué suplicio tan grande; yo lo veo y no lo puedo remediar… Yo soy muy pequeño, insignificante, el amor que te tengo me abruma. Quisiera que mis hermanos, mis amigos, todos, te amasen mucho […].

Qué pena da el ver a los hombres que, al ver pasar a la comitiva de Jesús y sus discípulos, permanecen insensibles… Qué alegría tendrían los apóstoles y los amigos de Jesús, cada vez que un alma veía claramente, se desprendía de todo y se unía a ellos y seguía al Nazareno, que lo único que pedía era un poco de amor.

¿Vamos nosotros a seguirle, querida hermana?… Él ve nuestra intención y nos mira, se sonríe y nos ayuda… Nada hay que temer. Iremos para ser los últimos de la comitiva que pasa por tierras de Judea, calladitos, pero alimentados con un amor enorme, inmenso a Jesús… Él no necesita ni palabras, ni ponernos a su alcance para que nos vea, ni grandes obras ni nada que llame la atención… Ser los últimos amigos de Jesús, pero los que más le quieren.