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Recuerdos de la llegada de Monseñor Lefebvre a la Argentina

Noviembre 03, 2017
Los tres expositores en un momento de la primera parte de la charla, a cargo del Dr. Padilla

¿Cómo se vivió en Buenos Aires la llegada de Monseñor Lefebvre? Tres expositores, testigos presenciales de esos días de gracias, nos comentan la impresión que dejó en sus familias el paso del Obispo católico que permitió la conservación de la Tradición de la Iglesia en nuestros países.

Alocución del Dr. Augusto Padilla

Muchas gracias, Padre Trejo, por habernos invitado. La primera impresión que yo tuve de Monseñor Lefebvre fue personal, en una reunión que tuvimos en el Priorato el entonces Padre Faure, el superior, el Padre Sánchez Abelenda, el Doctor Soaje Ramos, Luis María Bandieri y Alberto Solanet y el suscripto. La impresión más notable que yo tuve de Monseñor Lefebvre fue la mirada. Porque era una mirada que reflejaba educación y energía. Aún cuando a Monseñor lo presentaban más como a un ideólogo que no estaba muy en sus cabales, me encontré con una cosa muy reconfortante, muy aliciente: si esto es así, algo hay atrás. Monseñor tenía una sonrisa muy bondadosa, pero… no quiero decir que fuera cabeza dura, porque sería un demérito, pero sí tenía una sana obcecación en lo que se había propuesto: es decir, firmeza.

Y a veces hay que ser cabeza dura; sí, cuando una causa es así, hay que ser cabeza dura. Nos contó Monseñor Lefebvre el diálogo que había tenido con el Papa Paulo VI, donde él le había pedido al Papa: -Déjenos hacer la experiencia de la Tradición-. Y que, en señal del caos que se avecinaba, litúrgico, le dijo: -Hay catorce cánones que se rezan-. Le contestó el Papa a la pregunta de Monseñor Lefebvre: -¿No hay más de un canon? -No, le dijo, hay catorce. No conozco los que se rezan ahora-. Esto estamos hablando del año ‘77.

Cuando terminó la reunión, que duró una hora aproximadamente, donde Monseñor nos explicó cuál era el propósito que lo había impulsado a tomar semejante decisión, en mi caso no hubo dudas: a los cinco minutos quedé absolutamente convencido. A otros parece que no, les duró más tiempo y no sé dónde estarán. Yo me quedé convencido. Absolutamente.

Soaje le pidió la bendición y después me dijo:

Mire, hijo, hemos tenido una oportunidad extraña. Hemos estado con un obispo católico”.

Año ‘77. Algo que podemos valorar, nosotros como argentinos, es que no nos era extraña la resistencia, porque gracias a dos grandes sacerdotes, el Padre Castellani y el Padre Meinvielle, aquí aguantamos y liquidamos la peste de la democracia cristiana, que es un veneno que intoxica a las inteligencias: si no, no se explicaría cómo un hombre que primero pensaba bien como Maritain, haya pensado después las cosas que pensaba. Y Meinvielle y Castellani cada uno tuvieron su estilo, pero fueron eficaces en lo suyo: Castellani, talento desbordante, ¡desbordante!, omnivalente, y el Padre Meinvielle, talento organizado, el teólogo, el teólogo que pulverizó a los herejes. Y eso a nosotros nos ayudó bastante, para los que veníamos de una posición política digamos de derecha, o de extrema derecha, o ultra, no sé… y yo creo que es como una especie de providencia que la Argentina se haya preservado del modernismo, en gran parte, por la acción de Castellani y de Meinvielle, porque hubiera sido distinto si ellos no hubieran existido.

De lo que hablé con Monseñor Lefebvre, a mí me da la impresión también de que él veía las raíces antes que los frutos: él veía las raíces del árbol, porque ya nos empezamos a ponderar que el Vaticano II era un concilio antropocéntrico, que era una religión nueva, la religión del hombre. Recomiendo en este aspecto el libro del Padre Calderón, “Prometeo…”, que es un libro concluyente; que es el libro que muchos tradicionalistas no leen y que deberían leer. Al ver las raíces antes que los frutos, Monseñor Lefebvre ofició de profeta. Podemos decirlo. Porque (con minúscula, si quieren) como fue profeta San Pío X cuando advirtió lo que iba a venir con el modernismo: batalla que no se ha terminado, el modernismo tiene otras facetas, más facetas que en la época de la “Pascendi”. Y uno se pregunta: si no hubiera sido por Monseñor Lefebvre, ¿qué pasaría hoy? Para los que no queremos morir protestantes, ¿qué pasaría? Yo creo que hay que agradecerle mucho a la Fraternidad, por la persistencia en el combate, y quería señalar también un punto que es la preservación de la civilización cristiana. Y aquí el combate por la Misa, que Monseñor Lefebvre decía que es el corazón del conflicto, ¿el combate por la Misa qué tiene que ver con la civilización cristiana? En que la Misa, la Misa de siempre, preserva el elemento sobrenatural que hace que las civilizaciones subsistan. Esto el Padre Pío también lo vio claramente. No hay posibilidades de que una civilización subsista sin ese toque sobrenatural claro que da el sacerdote en su Misa. Así que, bueno, Monseñor Lefebvre: muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias. He dicho.

 

Charla de Marcelo González

Excelencia, Reverendos Padres, hermanos, queridos amigos: hablar del carácter fundacional del viaje de Monseñor Lefebvre allá en el lejano 1977, requiere hacer, de mi parte al menos, una referencia a la prehistoria de la Fraternidad, porque de esa prehistoria a la que aludió el Doctor Padilla, y de la que hablará luego nuevamente Juan Lagalaye, es la, digamos, la semilla sobre la que se pudo fundar la Fraternidad. Había un trabajo previo de otras personas. En mi caso, como vengo de La Plata, y en La Plata ocurrieron algunas cosas que tienen un cierto interés para esta historia, voy a referirme exclusivamente a ellas.

En los años ‘70, para los más jóvenes, en la Argentina estábamos en medio de una guerra civil casi prácticamente dominados por un régimen filomarxista y bueno, con una Iglesia que acompañaba eso. Una Iglesia que era, como decían en ese momento, montonera, ¿no? Montoneros eran, por supuesto, los guerrilleros más renombrados en ese momento. Y los que habíamos asistido a Misa y al colegio, en los colegios católicos de los años ‘60, habíamos aprendido determinadas cosas, habíamos visto a los sacerdotes con sotana, etc., y en los ‘70, no. Dieron vuelta todo. Se cambió todo. Nosotros, sorprendidos. Y a su vez, nos quisieron imponer, nos fueron imponiendo, una cantidad de cambios en la liturgia, en la doctrina, y hasta diría en la doctrina moral: se empezaron a ver cosas que ahora se hablan públicamente, pero en otro momento era más discreto. Había una especie de locura heretizante, tanto en los sacerdotes, en el clero: principalmente en los jóvenes, pero no solamente los jóvenes, y en muchas partes de los institutos resistían apocados, desconcertados, porque la cosa venía “de arriba” y no sabíamos bien qué hacer.

En esas circunstancias un grupo de amigos jóvenes recibimos dos auxilios, dos anclas salvadoras. Una fue a través de un profesor de historia que quiero mencionar, vive aún: Juan José Alonso Grela, que nos despertó al interés por la Patria y nos inició, nos planteó con cierta claridad de las cosas, lo que era la Cristiandad, lo que era la revolución. Rápidamente entramos en esa lucha, era una generación muy, muy activa, muy combativa: para bien o para mal, digamos, tanto a la izquierda como a la derecha. Pero a su vez tuvimos otro auxilio sobrenatural, que fueron las Hermanas Carmelitas de La Plata, el Carmelo de La Plata, que en ese momento estaba dirigido por la Hermana Isabel… de la Trinidad, creo, que era su nombre religioso, fallecida hace un tiempo: una mujer extraordinariamente inteligente. Mientras que por un lado corríamos el riesgo de irnos a cierto activismo un poco imprudente, por otro lado nos tironeaban a poner el fundamento espiritual de apoyo.

Así fue como, a la vez que tratábamos de esclarecernos, a la vez que chocábamos muchas veces con los enemigos en la calle, también tratábamos de comprender y de profundizar el espíritu de San Luis María Grignion de Montfort; allí nos guiaron por ese camino. La ausencia de clero era absoluta: no había ningún sacerdote en el que se pudiera confiar. Ustedes dirán que esto es excesivo; tal vez nos podíamos confesar con algún ancianito… pero ni siquiera ellos nos daban una guía sobre el tema religioso: en general, derivaban hacia el aparicionismo, o ese tipo de cosas.

El grupo que…, bueno, a lo largo de esos años de secundario se fue conformando, en un momento se dividió. La división fue porque uno de ellos, cuyo nombre voy a decir ahora, dijo:

No hay otro modo de trabajar para la salvación de la patria y de la Iglesia, que este modo: entrar al seminario”.

Alfonso de Galarreta era uno de nosotros. Y con él, un familiar mío, y además amigo y digamos compinche de estas aventuras, estaba a su vez en el seminario menor: Luis María Canale. Allí se juntaron, en ese ambiente religioso, en ese ámbito formalmente religioso, porque en realidad dejaba mucho que desear, con otros compañeros que estaban interesados en la misma pelea: Andrés Morello, Edgardo Albamonte. Entonces de ese grupo se desprendió, digamos, la rama clerical, que estaba un poco en el aire, en un seminario de un supuesto obispo conservador que en realidad no conservaba nada; no conservaba nada bueno. En La Plata, la militancia laica, por otro lado, trabajaba más ya inclinada a esclarecer, a tratar de llegar a los fieles sobre los problemas que estaba pasando la Iglesia. O sea que derivamos de la política un poco al apostolado tradicionalista. En eso también fue invalorable la ayuda de la Revista “Roma”, que dirigía nuestro querido amigo Andrés de Asboth, ya fallecido hace un tiempo. Allí fuimos entendiendo que no había que pelear contra los síntomas: no era una cuestión de abusos, de que si había guitarras o no había guitarras, que si el cura permitía comulgar de rodillas o no, sino que había un problema de fondo en la misa, había un problema de fondo en el Concilio. Y que la lucha estaba por darse por la restauración de la Misa.

Por supuesto, esto sonaba como una rareza absoluta para los jóvenes, no tanto quizá para algunos que lo entendían, pero sí sobre todo para los mayores. Los sacerdotes que habían rezado hacía poco esa Misa decían que la desconocían. Decían: Esto no, no; esto se acabó. Nosotros los habíamos visto en diez años cambiar, casarse y convertirse casi en otra religión. En 1977 merced a las cosas del destino, Monseñor Lefebvre realiza una gira por Sudamérica, creo que tal vez por otros continentes, no recuerdo eso, y como era “el obispo rebelde” era una buena noticia para la prensa. Entonces los diarios publicaban permanentemente en primera plana qué había dicho acá, que venía para la Argentina, etc. Entonces se organizó acá en grupo que en su momento tuvo cierta importancia, que se llamaba Falange de Fe, una especie de estructura de apoyo, y en ella nos integramos. Teníamos 21 años para esa fecha. En mi caso (hablo por el recuerdo directo) me tocó estar en lo que era la oficina de prensa: era el living de la casa de Gustavo Guasti, que tenía teléfono (tener teléfono en esa época no era tan fácil en la Argentina). Tenía teléfono y además no figuraba en la guía: entonces podíamos trabajar con una línea que no podía ser detectada, para que no nos encontraran en la casa.

Bueno, desde allí tuvimos una semana bastante activa. Yo no me moví tanto por esta función, pero los otros amigos estuvieron yendo y viniendo a distintos lados. Los dos acontecimientos más relevantes, para ir abreviando, fueron: la conferencia de prensa que realizó Monseñor con la traducción del Padre Faure, que era su secretario e intérprete en ese momento, en el Hotel Transocean, donde había cientos de periodistas, tanto nacionales como del extranjero. Fue realmente una conferencia impresionante, como si hubiera sido una celebridad internacional. El Episcopado argentino, del momento era muy conservador, el presidente del Episcopado era Monseñor Tortolo. Monseñor Tortolo era amigo de Monseñor Lefebvre, habían trabajado juntos en el Cœtus Internationalis Patrum. Monseñor Lefebvre había estado predicando unos retiros unos años antes en el Seminario de Paraná; sin embargo, al llegar en estas circunstancias, los obispos argentinos, casi todos conservadores, hoy si los tuviéramos diríamos “qué maravilla eran estos obispos”: en ese momento, huyeron todos. Uno de ellos, Monseñor Bonamín, salesiano, por una circunstancia que no viene al caso tuve que visitar en esos días, justo antes de la venida de Monseñor Lefebvre, estaba muy enojado, en fin, por alguna tropelía que habíamos hecho en este grupo. Y nos pidió explicaciones. Bueno, dadas las explicaciones, nos dio la razón, y le dijimos: Bueno, Monseñor, ¿por qué no viene a conocer a Monseñor Lefebvre, que llega ahora, ya? Permaneció en silencio, por supuesto. Nunca más nos habló del tema.

El otro acontecimiento importante de esa visita fue la Misa que no se pudo hacer en la diócesis de Buenos Aires, porque el obispo en ese momento tenía una oposición drástica: era Monseñor Aramburu. Entonces hubo que hacer una especie de maniobra extraña y moverse a otra diócesis; ésa fue la famosa Misa en Villa Tesei, que està en la diócesis de Morón, donde una familia prestó su casaquinta y se reunió allí muchísima gente: todo el mundo, todas las tendencias (de derecha, de extrema derecha, de semiderecha, conservadores, preocupados, católicos, azorados) estaban allí. Hubo muchísima gente. La empresa que abrazó Monseñor Lefebvre fue extraordinaria; pocos fueron los que se mantuvieron en ella, persistieron en esta lucha que necesitaba naturalmente hombros sobre los que sostenerse.

Quiero terminar contando muchísimas cosas, y hay poquito tiempo. Dos anécdotas quiero contar, para que ustedes vean, los más jóvenes, cómo era la cosa en ese tiempo. Al año, poco menos de un año de haberse instalado la Fraternidad, del viaje de Monseñor Lefebvre, le pedimos al Padre Faure que nos habilitara una capilla en La Plata. El Padre rápidamente accedió, y la primera capilla que tuvimos, la primera Misa se hizo en la casa de una señorita preocupada por la situación en la Iglesia, pero muy temerosa de cualquier crítica al Papa. Entonces nos puso como condición que por favor no se predicara nada, no se dijera nada contra la persona del Papa, Pablo VI en ese momento. El Padre Faure asistió a las tres primeras Misas, y bueno, estuvo bien; pero la cuarta Misa… se produjo tras la tercera Misa rezada por el Padre Faure la muerte de Pablo VI, y ante la imposibilidad del Padre Faure de ir a la cuarta, la derivó en un sacerdote amigo de la Fraternidad, el Padre Sánchez Abelenda. Bueno, no sé si todos han conocido al Padre Sánchez Abelenda; nosotros, así, furtivamente, le dijimos:

-Padre, mire, la señora… -No, no se preocupen, no se preocupen, no se preocupen, está todo bien. -Mire que no… es un poco… -No, está bien. -Como ha muerto el Papa, ahora… -Sí, sí, sí, no se preocupen”.

Bueno. Por supuesto, nos echaron de ahí. Fue la última Misa allí, y no sabíamos cómo calmar a la señora. Habría que decir varias cosas de esa anécdota, que fue realmente muy graciosa, sobre todo vista con el tiempo.

Para terminar. En los años '90, disculpen que use anécdotas personales, pero es que es lo que uno ha vivido; en los años '90 yo vivía en Buenos Aires, íbamos con mi esposa, aquí presente, y mis hijos, a pasar cada quince días, un fin de semana en casa de mis padres. Y no había Misa en La Plata: solamente había una Misa cada quince días. Entonces, cuando no había Misa, decíamos: bueno, ¿cómo santificábamos la fiesta? Había una Misa tridentina indultada. Esta Misa la celebraba el Padre Lombardi, que era un viejo músico, propulsor de la Misa tradicional, etcétera, que incluso había hecho un altar en su iglesia esperando la restitución de la Misa tradicional. Cuando se restituyó por vía del famoso indulto, empezó a rezarla, pero con unas modalidades muy particulares, bastante particulares: lo cierto es que, cuando vamos a Misa, mis hijos mayores tenían 6 y 7 años. Les dijimos: vamos a ir a una Misa a la que no vamos habitualmente, pero es la Misa tradicional. Cierro con esto: nuestros chicos, al rato de estar allí, nos dijeron:

-Papá, ¿qué es esto? -Mirá, es la Misa, lo que pasa es que… -Yo no quiero comulgar acá”.

Esto es así, es textualmente: están mi esposa y mis hijos que estuvieron ahí presentes que lo recuerdan. Entonces ahí tuvimos conciencia de que habíamos dado un paso generacional: nuestros hijos ya reconocían la verdadera Misa. Gracias.

Exposición el Señor Dn. Juan Lagalaye

Afortunadamente, a veces, el último lugar es el más favorable; porque Marcelo y el Yuyo me han allanado el tema de mi exposición, que va a ser algo ideológico.

Excelencia, muy queridos Padres, queridos amigos:

Ante la gentil e inmerecida invitación para dirigir unas palabras en esta jornada en que evocamos los cuarenta años del establecimiento de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X entre nosotros, quiero destacar la participación que tuvo en dicho acontecimiento el así llamado Nacionalismo Argentino; a la vez, de algunas agrupaciones y de unos cuantos de sus miembros. Señalo la importancia de esa circunstancia puesto que el Nacionalismo, como movimiento cultural, nos permitió una inteligencia de la Patria, inescindible ésta de la Iglesia jacobea, según la denominación de Monseñor Zacarías de Vizcarra, es decir, el catolicismo tal como lo recibimos de España. Y que, a pesar del desmembramiento del añorado imperio, debe seguir indicándonos el derrotero.

Es más: nuestro Nacionalismo, según acertada definición de José María de Estrada, tiene una proyección universal. Al respecto, valiéndome del anecdotario familiar, puedo mencionar el ejemplo de mi suegro: nacido en Francia, era monárquico. Residiendo en España, fue honrado con la dignidad de alférez honorario del Requeté; y a lo largo de su vida, dedicó la mayor parte de una fecunda actividad intelectual a la reivindicación de la Rusia antigua. Y así, Alberto Falcionelli, viniendo a la Argentina para provecho de innumerables y distinguidos discípulos, don Rubén Calderón Bouchet entre ellos, aquí formó su familia y murió, tomando nuestra nacionalidad, no por afán de coleccionista, como solía decir: era coleccionista de hijos, solamente; sino por ser la de sus hijos, considerándose también un nacionalista, conjugándose de tal manera en su persona, sin incomodidad alguna, el legitimista francés, el que se había tocado con la boina roja del mismo modo que su maestro, Maurras, y el zarista ruso.

El reconocimiento efectuado, que puede parecer desmedido, no lo es, en la medida en que por merced del Nacionalismo tuvimos como referencia a dos eminentes sacerdotes: los Padres Julio Meinvielle y Leonardo Castellani. Ellos nos ambientaron en los años difíciles del derrumbe conciliar. El Padre Meinvielle, muerto en el 1973, sostuvo un quehacer que gravitó grandemente en la defensa de la doctrina política de la Iglesia: su célebre disputa con el Maritain precursor del Vaticano II, mereció el elogio del ilustre dominico francés Garrigou-Lagrange, calificándolo por ese motivo como el teólogo de la Cristiandad en el siglo XX. Allanó, así, en este medio, la exaltación permanente que hace la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo. El Padre Castellani, por su parte, según el testimonio de sus allegados, luego de la entrevista mantenida con Monseñor Lefebvre en la residencia de la familia Ferrari Anchorena, manifestó simpatía por el Prelado; y años después, 1979 u 80, advertí su presencia en una tarde de confirmaciones en la capilla de la calle Venezuela. Tengamos en cuenta el esfuerzo que le habrá significado, pues el anciano ya estaba próximo a la muerte.

Entrando, por fin, a encarar el tema de la contribución nacionalista al asentamiento de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en la Argentina, la misma consistió en el suministro de medios sencillos pero eficaces: un espacio para la celebración regular de las Misas, como lo fue en los meses de julio y diciembre de 1977 el local de Patria Grande, ubicado en la Avenida Entre Ríos al 100. Los sacerdotes encargados de ella, los Padres Raúl Sánchez Abelenda y Antonio Félix Mathet, este último, el primer sacerdote argentino incorporado en la Fraternidad. Y una primera feligresía: núcleo de suficiente consistencia compuesto por más de cien personas si se cuentan también los asistentes también a la casa de Blanquita Hernández en la localidad de Martínez, generosamente cedida, en efecto, a lo largo de más de una década. Dentro de esa feligresía, si bien es cierto que no participó la totalidad del sector, quizás su menor parte, podemos destacar la presencia constante del Doctor Federico Ibarguren, quien en aquel momento era su figura más representativa por sus cualidades morales e intelectuales, y asumir en su persona, arquetípicamente, la calidad del hidalgo criollo. Además de sostener públicamente la gesta de Monseñor Lefebvre. También la comisión “Fe de Siempre”, promotora del acontecimiento evocado, contaba entre sus miembros a reconocidos nacionalistas como el inolvidable Norberto Quantín, Holofernes López Badra, Carlos Galíndez, sin olvidar por cierto al ingeniero Mateo Roberto Gorostiaga, quien no estaba comprendido en esta filiación política, pero prestó un inmenso y generoso apoyo a la nueva obra.

Para concluir, examinemos la tesis expuesta con la consideración del “toma y daca” de las relaciones humanas. El Nacionalismo argentino que por parte de muchos de sus miembros ‒entre ellos me encuentro‒ mantuvo como expectativa la acción decidida de un militar esclarecido que salvase a la Patria cuando en el plano de las posibilidades naturales se hubiera desvanecido toda posibilidad por imperio de circunstancias históricas adversas, ¿qué le pudo ofrecer a la Iglesia? La contribución para que el santo obispo que la salvó en el posconcilio, restaurándola en los cimientos del sacerdocio, pudiese establecer su obra en esta ciudad, y a partir de ahí en el interior de la Argentina y en el resto de América. Animándome a sostener que, en ese hecho, consistió su mayor gloria.

¿Y qué le dio la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a la Argentina? El apostolado infatigable de sus sacerdotes y religiosos, que permite la santificación de un cada vez mayor número de familias, siendo ésta quizás la simiente de la reconstrucción de la Patria, nacida para la Fe hace casi quinientos años, cuando el 1° de abril de 1520, Domingo de Ramos, se celebró en su territorio, la actual Bahía San Julián, por primera vez la Santa Misa.

Hay otra conclusión: será la última. En el año 1961 apareció la encíclica “Mater et Magistra” (“Madre y Maestra”). Un año después empezaron las sesiones del Concilio, a partir de las cuales por obra de las autoridades eclesiásticas la Iglesia abandonó esa función. La Iglesia ya no quiso lo que estaba obligada según su competencia a hacer, a influir en esta vida de las sociedades. Dejó el espacio público para ocupar el espacio de la publicidad, tal como magníficamente lo describiera el Padre Meinvielle en el que creo fue su último libro, “De la Cábala al Progresismo”, gran nombre. Quince años después de ese proceso demoledor de la Iglesia instaló Monseñor Lefebvre la Fraternidad en la Argentina, y nosotros tuvimos allí una presencia de la Iglesia como Madre, corrigiéndonos y consolándonos, y como Maestra, enseñándonos, porque nosotros habíamos quedado huérfanos y en la ignorancia; es decir, habíamos quedado como católicos en el analfabestialismo. Esta solución pudo reencausarse para nosotros merced a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.