Carta de Despedida al Priorato de Buenos Aires por R.P. Rubio

Febrero 17, 2020
Origen: Distrito América del Sur

El Padre Rubio luego de 25 años de Sacerdocio pasados en el Priorato de Buenos Aires, con ocasión de su Ascenso a Superior de Distrito de América Central, escribió una emotiva carta de despedida que publicó en el boletín del Priorato.

Queridos Fieles:

   Cuántas cosas lindas me quedan en el recuerdo después de estos primeros veinticinco años de vida sacerdotal, enteramente pasados acá.
No creo que nunca me vaya a olvidar de aquel momento de mi vida, cuando antes de la ordenación sacerdotal nos vinieron a anunciar cuáles serían nuestros destinos; era por octubre de 1994, acababan de cambiar las autoridades mayores en la Fraternidad, Monseñor Fellay había sido elegido nuevo Superior General y su predecesor, el Padre Schmidberger, pasaba entonces a ser uno de sus Asistentes. Vino éste en visita canónica al Seminario y a los tres diáconos que nos íbamos a ordenar, nos fue llamando durante la tarde a su despacho para indicarnos el priorato que nos iba a tocar. Con permiso especial del director del Seminario, en aquel entonces el Padre Lagneau, a quien Dios tenga en su gloria, luego de la cena cada uno de nosotros pudo llamar a su familia para darle la novedad. En aquella época la telefonía celular recién comenzaba a aparecer: eran unos teléfonos muy grandes con antena y base, de uso más bien restringido, que unos pocos habían comenzado a tener. Lo normal era tener el fijo y, en todo caso en las casas de cierta amplitud, un par de aparatos adheridos a la misma línea para que varios a la vez pudieran escuchar la misma conversación, como era en mi caso particular.

Con muchísimas ganas de transmitirles a mis queridos padres la novedad, de inmediato los llamé y mientras mi padre llamaba a mi madre, medio a los gritos en aquella casa que ya les quedaba muy grande para los dos, por fin mi madre levantó el otro tubo. Los dos me escucharon expectantes, pero yo, en lugar de darles a conocer el lugar de mi destino, les pregunté a ellos cuál pensaban que sería mi nuevo hogar… Entre nervios y ansiedades, papá mencionó “Córdoba”, que era el lugar que se rumoreaba por ahí. Ante mi negativa, mi querida mamá, decidida, vino a exclamar “México”. “No, Susanita”, fue la respuesta que escuchó de él, como si hubiera dicho un disparate sin igual. Una segunda negativa de mi parte los dejó sin habla, y ante el mutismo de los dos, recién ahí les dije: “Me voy a quedar en Buenos Aires”… La respuesta de mi parte fue tal, que se quedaron como atontados y no lo podían creer, tanta era la sorpresa e ilusión.
Ha pasado ya un cuarto de siglo desde aquella nominación y ahora soy yo el que no puede creer esto.

Si aquel día feliz me hubiesen anticipado que iba a pasar tantos años pasaría aquí, ni yo ni nadie lo hubiera podido concebir.
Primero porque no se hablaba ni era la praxis en la Congregación, de que un sacerdote estuviera tanto tiempo sin mutación.

En segunda instancia, porque como dice el refrán: “Nadie es profeta en su tierra” y yo me había criado aquí desde el origen de esta Capilla, más allá de que en los últimos años solía asistir a la de Martínez, por haberme mudado no lejos de allí.

En tercer lugar, si se me permite decir, porque este destino no era muy fácil que digamos, debido a unas penosas divisiones que se habían suscitado entre los sacerdotes arrastrando a los fieles, como era fácil de presagiar. Algo así ya había pasado en la Iglesia incipiente, cuando en la época de San Pablo, unos decían que eran de Pedro, otros de Apolo y otros de Pablo. Este último, fastidiado dijo: “¡Yo soy de Cristo!” (I Corintios, 1, 12) y se acabó la discusión. Así estaba el ambiente, un poco enrarecido, durante mis primeros tres años de vida por aquí, luego de los cuales, se me pidió que asumiera la carga de ser prior. Ante tal envergadura y sin muchos años de experiencia, pusimos todo a los pies de la Virgen María consagrándole el priorato con sus sacerdotes y fieles, para que Ella se encargara de tamaña empresa, de poner ese espíritu de caridad, distintivo de Nuestro Señor, a fin de logar la unión, el perdón, la sanación de las heridas y de ese modo, volver a mancomunarnos hacia la cumbre celestial. Nuestra esperanza no podía quedar defraudada, como tiernamente reza el “Acordaos” de San Bernardo, y así no solamente pudimos lograr este fin espiritual, en cuanto a la recomposición y acrecentamiento de la vida parroquial, sino también la renovación de todas las plantas de nuestro inmueble (que el año pasado celebró su centenario), comenzando por nuestra Capilla que, de ser una “caja de zapatos”, logramos transformar en un hermoso recinto sagrado.

Éste es el recuerdo que, en un abrir y cerrar de ojos, se le presentó a mi mente. Hoy me despierto y me encuentro que esto sucedió, que no fue un sueño sino una hermosa realidad, que este Priorato y su Capilla son un lugar de paz, de frondoso y fructífero apostolado, de nutrida feligresía, de espíritu de familia, de reciprocidad y de unidad.

Ahora me toca cerrar, nuevamente, los ojos para ver cuando los volveré a despuntar, yéndome a tierras lejanas a las que nuestro Superior General me vino a encomendar. Con el mismo espíritu y corazón, es que deseo tomar el gobierno de una tarea superior. Ya no será un gran priorato el que estará a mi cargo, sino una región entera, una Casa Autónoma, es decir, un distrito en formación, compuesto de seis países, cuya sede se hallará en Guatemala y abarcará la República Dominicana, Honduras, el Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

Cuántas veces me han preguntado si estaba contento con la nueva nominación. Es claro que, si miramos el orden natural, si nos detenemos en los sentimientos de lo que uno debe dejar, la respuesta está a flor de piel y no hay nada más que agregar. Un cuarto de siglo en un lugar, habiendo realizado como un ciclo completo en el orden generacional, no se puede olvidar, pero… Si miramos el otro orden, el sobrenatural, tan elevado y consolador, uno no puede dejar de estar feliz porque compensa con creces el sacrificio del corazón ya que son innumerables los bienes que trae aparejado y que solo la Fe nos los puede descubrir.

El Padre Pío, el día de su ordenación sacerdotal, escribió entre sus anotaciones este hermoso pensamiento que mostraba la caridad que ya ardía en su corazón: “Que sea un santo sacerdote y una víctima perfecta”. Pedir lo primero es fácil, es el deseo que todo ordenando tiene al estar en el altar frente al pontífice que lo va a consagrar, pero el segundo… es dar un paso mayor, denota una santidad y un deseo de unirse a la víctima del altar digno de admirar.

Pasaron los años, un cuarto de siglo también, y festejó sus Bodas de Plata, y en ellas, volvió a escribir pensamientos del mismo tenor, pero ahora, pidiendo al Cielo los frutos de su inmolación: 

“¿Qué retribuiré al Señor por todos los beneficios que de Él he recibido? Oh, Jesús, soy ahora Sacerdote para la eternidad desde hace veinticinco años, sin ningún mérito de mi parte. Me has llamado al servicio de tus altares. Gracias te sean dadas por las inmensas misericordias que has multiplicado sobre mí. Acepta este sacrificio jubilar por mi santificación, por el triunfo de la Iglesia, por la prosperidad de nuestros amigos y bienhechores, por el eterno descanso de mi alma”.

Son estos sentimientos, son estos votos, son estos frutos los que, a pesar de la distancia e indignidad que uno tiene con aquella víctima sin igual, deseo para todos ustedes y para mi alma en particular, en este hermoso jubileo sacerdotal, que Nuestro Señor y la Virgen María me vienen a regalar y a pedirme, también, ¡dichoso de mí!, la inmolación de mi corazón en vistas a una mayor fecundidad espiritual.

Han pasado 25 años en este Priorato de Buenos Aires y, mas allá de estar en pleno centro y sin un gran espacio para poderse recrear, la vida sacerdotal se la puede llevar sin gran dificultad, y por la misma puerta por la que se entró también se puede salir, conservando la alegría, el ánimo y la amistad.

No puedo terminar estas letras, por un lado, sin expresarles mi más sentido pesar por aquellas actitudes en todos estos años que no hayan sido las que ustedes hubiesen podido esperar, fruto de mi flaqueza o falta de caridad. Les pido perdón a cada uno, de corazón, y estoy dispuesto, en el orden particular, a disculparme con aquel que aún pueda en su interior guardar alguna herida o resquemor.

Por otra parte, tampoco puedo dejar de agradecerles toda la buena voluntad y cooperación que me han brindado, en mi carga de superior, durante tantísimos años y que seguirán brindándose con mi sucesor y los Padres que los acompañarán para que este Priorato y Capilla sigan creciendo y dando frutosde santidad.

Por fin, quiero que sepan que los estaré aguardo con inmensa alegría e ilusión por mis nuevas tierras de misión. Pero eso sí, les pido un doble favor: que no dejen con anterioridad de hacérmelo saber, así puedo disponer de mis tiempos para llevarlos a conocer, por ejemplo, Guatemala la Antigua, que es una ciudad colonial soñada, y que, en segundo lugar y como condición sine qua non, no dejen de traerme, en cada mano, ¡un paquete de yerba y un dulce de leche también!…

Si bien la distancia física nos separará, no dejarán de estar cada día en las oraciones de mi corazón sacerdotal, como lo han estado hasta el presente, ya que, como nos dice Dios, por boca del profeta Isaías: “Aunque una madre se olvidara de su hijo, Yo nunca me olvidaré de ti” (49, 15).

Encomendándome a sus oraciones, les dejo mi paternal bendición.
+ PADRE EZEQUIEL MARIA RUBIO, PRIOR