El Consejo Evangélico de la pobreza. Segunda conferencia del encuentro de jóvenes

Octubre 18, 2018
Origen: Distrito América del Sur
"Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos"

Dando la solución al problema del consumismo en nuetra sociedad y que ataca principalmente a nuestros jóvenes, el padre Joaquín Cortés, dictó esta conferencia explicando el consejo de nuestro Señor de la pobreza de espíritu a la que están obligados todos aquellos que quieran alcanzar la salvación, cada uno en su estado.

Introducción

Vamos a tratar de responder lo que el licenciado Juan Frías nos planteó.

Hay un momento de la vida de nuestro Señor donde Él está con los apóstoles y se acerca un joven, ve a nuestro Señor y le pregunta: “Maestro bueno ¿qué haré para poseer la vida eterna?” – ¿Qué hago para ir al cielo? – Nuestro Señor responde: “si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos” – y se los empieza a decir – “no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo”, – pero el joven medio que lo para y le dice – “Señor, pero todo eso lo cumplo y lo cumplí toda mi vida” – era un hombre virtuoso – ¿qué más me falta?” – Y es ahí que nuestro Señor le dice, dice el Evangelio: lo miró con amor, lo amó en ese momento – “si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme”, – y ahí sí, el joven da un paso atrás y se va triste dice el Evangelio; – "se fue triste porque tenía muchos bienes". “En verdad os digo, – dijo Jesús a sus apóstoles – difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos, de nuevo os digo que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos”.1

Para responder al licenciado, entonces, vamos a tratar de entrar en las alturas de los fines ante el planteo, ante ese como examen de conciencia que nos plantea el consumismo hoy en día, ese consumismo exterior tan frenético. Pero primero tenemos que tratar de solucionar un problema interno, el consumismo de adentro, un consumismo interior.

¿Cuál es el último fin del hombre? Vamos a empezar por ahí. Lo más básico, lo más alto, como quieran; y lo sabemos: Es irse al cielo. Sí, la felicidad, la beatitud eterna, la felicidad es una tendencia innata: El hombre por el hecho de ser hombre busca la felicidad, su bien, aquello que le es bueno. Esa búsqueda es la que nos mueve desde que nos levantamos. No haríamos absolutamente nada si no buscáramos un fin. Buscamos ese fin, el fin último.

Ese fin último me pide fines próximos para llegar a él, y ahí es donde está el primer problema: No todos tienen claro que aquello que necesariamente busca el corazón es Dios, y a veces creemos que lo que me va a dar la felicidad está acá o está allá, en esta cosa o en esta otra, y corro el riesgo de poner mi felicidad en las riquezas o en el uso de las creaturas en general, o en los placeres, o en la libertad, que son bienes reales, muy reales, pero que por ser tan reales estamos tan inclinados a apegarnos muy fácilmente. De aquí las palabras que nos dijo el P. Caliri, palabras de San Juan:

Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia  de los ojos y soberbia de la vida.2

Cuando buscamos algo, lo buscamos porque lo consideramos un bien por más que sea un mal, por más que sepamos que es un mal. De ahí es de donde viene el problema; ese bien que buscamos: ¿Es real o es aparente? ¿Cuándo es real? ¿Cuándo es aparente el bien que buscamos, la felicidad que buscamos? Busco la felicidad, perfecto, todos la queremos, todos la buscamos. Donde yo la puse, puse mi blanco. El blanco de mi flecha, ¿Es realmente el blanco que debe ser? Porque hay posibilidad de engaño, puedo engañarme cuando busco esa felicidad.

¿Cuáles son las causas de ese engaño? Bueno, primero tenemos que recordar que tenemos tres enemigos que están tratando de engañarnos continuamente. Seríamos muy ilusos si en una batalla, si estamos militando en esta vida, no nos diéramos cuenta que tenemos enemigos. Los enemigos son estos tres: La carne, el mundo, el demonio. De esos tres enemigos hay un enemigo interno y dos enemigos externos: El enemigo interno es la carne y lo vamos a dividir en tres: La triple concupiscencia, y eso quiero recalcar, es un desorden interno, no necesitamos del mundo y el demonio para pecar, nos hacen pecar por supuesto, pero nos bastamos solitos para pecar, nos arreglamos perfectamente solos para meter la pata porque tenemos un desorden interno, y es lo primero de que tenemos que estar conscientes: No nacemos ordenaditos y perfectos, nacemos mal, inclinados al mal y el bautismo nos borra el pecado original pero no nos borra esa inclinación al mal. Esa inclinación es triple:

  • La concupiscencia de los ojos. La inclinación desviada de buscar la felicidad y los fines en los bienes materiales, en el mal uso de las creaturas en general. De ahí viene la codicia, la envidia, la injusticia, la avaricia, tantos males que vienen de la concupiscencia de los ojos;
  • La concupiscencia de la carne. La inclinación a buscar la felicidad en los placeres de los sentidos. De ahí la voluptuosidad, la lujuria, la sensualidad, la pereza, y finalmente;
  • La concupiscencia del espíritu, o también llamada orgullo o soberbia de la vida, la inclinación a buscar la felicidad en las satisfacciones de la voluntad propia, el orgullo, la vanidad, la ambición, la insubordinación, la susceptibilidad.

Bien, todo eso es la triple concupiscencia que viene de la carne. Después  tenemos el mundo que son todos aquellos hombres que se rigen según esta triple concupiscencia y ya con principios. El mundo tiene sus principios, tiene sus modas, tiene su liturgia, tiene su porte, tiene sus escándalos. Finalmente, el demonio, es decir, todos los ángeles caídos que nos empujan para perdernos y va a utilizar el demonio, por supuesto, el mundo y la carne. Es lo que va a incitar. El arte del demonio va a ser, entonces, dominar los medios del placer, de la riqueza y del poder para tener agarrado al hombre. Son las tres tentaciones con las cuales se atrevió a tentar  a nuestro Señor en el desierto y al final el Señor lo vence con las palabras de la Escritura.

Bien, ahí seguimos dentro del problema, como diciendo de dónde nos viene esa inclinación, inclinación natural mala, esa triple concupiscencia que está en la carne y que es incitada sobre todo por el mundo. Se nos van los ojos al mundo, que tiene sus lucecitas y el demonio por atrás instigando todo. Por lo tanto el desprendimiento de esa triple inclinación de la carne, el apartamiento del mundo, la renuncia efectiva al demonio y a sus obras, es condición indispensable para la perfecta unión a Dios. Y ahí es donde entra  ya todo el tema de todas estas jornadas, se llaman los Consejos Evangélicos: Pobreza, castidad, obediencia, a los cuales nos invita nuestro Señor para llegar a la perfección y que están para liberar al alma de todos los afectos temporales. Acá nos podrían hacer la pregunta ¿Por qué los llamamos consejos y no preceptos o mandamientos? Ya están los diez mandamientos que no son consejos sino mandatos, preceptos que, sí o sí, hay que cumplirlos, no son optativos, bastan ellos solos para apartarse del pecado, sin embargo, para quitar del corazón todo lo que puede ser obstáculo para el amor perfecto del fin, ahí sí necesitamos los consejos.

A todos se nos exige no robar; a algunos se les pide no tener nada. A todos se les exige no cometer actos impuros; a algunos se les pide que renuncien aún al matrimonio. A todos se les exige honrar a los padres, a los superiores, la obediencia a las leyes de la iglesia, al magisterio; a algunos se les pide renunciar aún a su propia voluntad. Esos algunos son los religiosos que abrazan totalmente, formal y materialmente esos consejos y de ahí vienen los tres votos que hacen: El voto de pobreza, contra la concupiscencia de los ojos que incita el mundo, el voto de castidad para que el corazón sea sin mezcla de nada. El religioso necesita ese voto de castidad, que no tenga mezcla su corazón para renunciar a todos los amores de acá abajo y orientarse hacia arriba, contra la lujuria que incita la carne sobre todo, y finalmente el voto de obediencia, renunciar a la voluntad propia, ya no ser libre, ponerse en manos de un superior que le va a indicar el camino que hay que seguir durante toda su vida contra esa libertad, sobre todo hoy en día, que incita el demonio. Esa renuncia a los mayores bienes humanos hace que el hombre se ocupe libremente (dice Santo Tomás) contemplando, amando y cumpliendo la voluntad del Dios. Son un medio.

El consejo evangélico de la pobreza

Bien, nuestro tema, la pobreza. Vamos a entrar en el tema de las riquezas, el dinero, el consumismo en general, porque entre los bienes temporales de los tres votos es el bien menor. Hay una jerarquía de los votos pero lo primero que se deja son los bienes temporales extrínsecos, y muchos me podrán decir “pero Padre, yo tengo claro que mi fin es Dios, que no es el dinero”. Sí, pero hay que revisar un poquito “qué tan claro lo tengo en la práctica” porque puedo decir especulativamente mi Dios es Dios, no es el dinero, pero quiero que se hagan esta pregunta: ¿Qué mueve el corazón de ustedes? ¿Qué es lo que lo intranquiliza? ¿Qué es lo que lo deja en paz? ¿Qué es lo que lo está moviendo? Realmente: ¿Cuál es el último fin que nos hemos puesto? Porque ya, por el hecho de haber nacido estamos heridos y la concupiscencia actúa: ¿Qué tan último fin es Dios? Porque hay necesidades grandes como seres humanos. Porque hay que comer, hay que curarse si se está enfermo, hay que tener cierta seguridad para el futuro; y estamos inclinados a servir a aquel que nos puede dar el bien y por eso estamos tan inclinados, a veces, a servir al dinero y cuando digo dinero, en toda la conferencia va a ser el uso de las creaturas. En general, por aquí, tenemos un paréntesis porque los jóvenes no tienen ni un peso, entonces dicen “para qué me hablan de esto si yo no tengo plata, ojalá tuviera algo". No, estamos hablando del apego a las creaturas en general, y uno puede ser pobre como una laucha y tener una riqueza muy grande desordenada en el corazón, y puedo ser recontra pobre e irme al infierno. Es así.

Nuestro Señor es muy firme cuando habla de esto y les habla a todos. No les habla sólo a los curas, no les habla sólo a las monjas: Ninguno puede servir a dos señores, no podéis servir a Dios y a las riquezas, y entiendan riquezas en el sentido que estamos hablando. Qué bueno que por lo menos uno de los beneficios es no ser rico, no, repito, puedo no ser rico y estar en el horno, no amontonéis tesoros en la tierra donde la polilla y el orín corrompen, donde los ladrones oradan y roban, hacéis tesoros en el cielo donde ni la polilla ni el orín corrompen y donde ladrones no roban... De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma... ¡Ay de vosotros los ricos! Pues ya tuvistéis vuestro consuelo... Eso es tremendo; "¡Ay! de vosotros los ricos", ricos aquellos que tienen el corazón apegado. Ya tuvistéis vuestro consuelo y la raíz de todos los males es la codicia.

Las razones son bastantes evidentes de cómo el dinero no es el fin último, no sólo el dinero sino las creaturas en general porque son bienes temporales, no espirituales, no se los puede tener con certeza y estabilidad, se poseen con inquietud y se pierden normalmente y muchas veces con violencia, no sacian el apetito, - ya lo decía el licenciado como van manejando - y eso, el enemigo lo sabe perfectamente, sabe muy bien como funciona esta psicología de la tentación, y sabe que sea lo que sea que haga, nunca va a saciar el apetito del hombre y va a necesitar después otra cosa porque el único que sacia el apetito completamente es Dios, y mientras no hagan un celular igual a Dios, no va a haber ningún celular que nos conforme. Siempre vamos a necesitar algo más y algo más y algo más... Son bienes terrenos, son creaturas.

Buscad primero el reino de Dios y su justicia, todo lo demás se os dará por añadidura. Qué tanto estoy buscando primero, primeramente el reino de Dios y su justicia. Nuestro Señor para no quedar en las palabras, fue el primero en dar el ejemplo, y nació en la forma que nació, absolutamente sin nada, nada, en un establo sin nada y más pobre todavía se muestra en la Cruz donde se ve la real pobreza de Cristo, abandonado de todas las creaturas, todos lo abandonan con sus amigos. La única es la Virgen Quiere quedar sin nada, hasta la última gota de su sangre, desnudo en la Cruz con todas las afrentas que uno se pueda imaginar, todos los dolores que uno pueda imaginar, absolutamente despojado de todo: Es el ejemplo.

Nuestro Señor nunca tocó el dinero, nunca lo tocó y de hecho, a aquel que llevaba la bolsa no le fue muy bien. Llegó a decir nuestro Señor que no tenía ni siquiera dónde reclinar la cabeza y cuando instruye a sus discípulos empieza por esa primera bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos va a ser el reino de los Cielos”; - los pobres de espíritu -. Les pide que renuncien aún a lo necesario para la vida, no les dice que renuncien a lo superfluo, no, aún a lo que necesitan para vivir; no llevéis ni alforja ni dinero, "no llevéis nada en el bolsillo”, les dice a sus apóstoles. Es firme nuestro Señor con eso.

Bien, estamos hablando de los consejos evangélicos, hemos entrado en el consejo del desprendimiento de los bienes materiales, sin embargo: ¿Eso se lo concedo?.  Todo esto de los consejos evangélicos, este camino de perfección del que estamos hablando tiene un aspecto muy negativo, una apariencia muy negativa, de hecho lo que piden es vaciar, un vaciamiento del corazón, vaciar el corazón del amor natural a las riquezas, a la voluntad propia, a las personas para dejar espacio a la caridad. Sacar todo, vaciarlo, pero son tres negaciones: No a las riquezas, no al matrimonio, no a la libertad. Además los efectos son también negativos: Estamos dando siempre una mirada muy superficial y no tienen ese consuelo tan inmediato de las virtudes sociales, no, son las virtudes ocultas, las virtudes teologales, y realmente hace falta una fe muy viva en el médico para seguir hasta el fin con el tratamiento, porque casi siempre con los consejos el fruto se lo ve sólo en el cielo, no se lo ve tanto acá abajo. ¿A qué voy con esto? Porque si ya la vida de una familia cristiana que quiera llevar el nombre de tal, resulta tan incomprensible en nuestros días, y cada vez parecen más extraterrestres los católicos: ¿Cuántos más extraterrestres nos parecen los religiosos de una congregación religiosa? Esto dejó de entenderse.

  • 1. Mateo 19, 16-30
  • 2. I Jn. 2, 16
R.P. Joaquín Cortés. Prior de Mendoza, Argentina

El mundo no entiende para nada la vida de aquel que renuncia a sus bienes, y menos lo entendió el modernismo. Mucho menos cuando el modernismo nos quiere decir que el mundo no es malo, - si ya partimos de esa premisa, estamos fritos -, "el mundo no es malo, el hombre es bueno intrínsicamente". Bueno, ya está, cerremos acá porque ya no tienen ningún sentido los votos, y es lo que pasó: Después de haber destruido la doctrina, el Concilio destruyó, - y en eso fue, no quiero decir satánico, pero más o menos - las congregaciones religiosas. El daño que se les hizo: Se destruyó la disciplina absolutamente, porque se vació de sentido a los votos. ¿Qué sentido tiene si el enemigo ya no es enemigo? Si me tengo que andar abrazando con el mundo, si el hombre ya no tiene la triple concupiscencia que lo está pinchando por dentro: ¿Qué sentido tienen los votos? Y entonces hizo ese pacto - Vaticano II - de la vida moderna con la vida católica, esencialmente liberal por supuesto, y los conventos empezaron a secarse como árbol sin riego y las vocaciones a escasear porque, ¿Quién quiere tener vocación cuando ya no hay ningún beneficio de las vocaciones, esos beneficios ocultos de los que hablamos? Entonces las órdenes empezaron a extinguirse y vemos cómo empiezan a cerrarse conventos, a extinguirse órdenes religiosas. Ahora, por otro lado, vemos con admiración que nacen nuevos movimientos que han acomodado el Evangelio al mundo moderno y que tuvieron éxito, y ¡claro! porque si le quito la Cruz al Evangelio está buenísimo, entonces el mundo se arroja a mis pies; y nacieron nuevos movimientos, movimientos curiosos, completamente con una orientación diferente a lo que fueron las órdenes religiosas que tenían, todas, sean órdenes activas, contemplativas, o mixtas (medio activas y medio contemplativas), siempre tenían en común que eran religiosas. Votos de pobreza, castidad y obediencia con todo el sentido que hemos explicado. Acá se cambia todo y repito, estos nuevos movimientos, el Opus Dei por ejemplo, que practica los votos me dirán algunos, sí claro, pero no para el triunfo del amor de Dios, de la caridad dentro del corazón, para vaciar el corazón de ese religioso y entrar en él la caridad de un modo pleno y absoluto, sino los votos para la mejor acción en el mundo; (la frase es tremenda pero es de un libro de Mons. Escrivá de Balaguer:) amar apasionadamente al mundo, cuando nuestro Señor nos dijo que hay que odiarlo. ¿Cómo hacemos?, de hecho los numerarios hacen votos, sí de pobreza, castidad y obediencia, pero no al servicio de Dios sino de sus profesiones laicas, y logró invertir y poner no la acción al servicio de la doctrina sino la doctrina al servicio de la acción mundana. Por otro lado, toda esta nueva ola de las nuevas teologías, de repente se descubre a los pobres como si nuestro Señor no nos viniera recomendando el cuidado de los pobres desde que estuvo acá en el mundo; como si nunca hubiera habido congregaciones. Siempre en todos los siglos de Iglesia, fue la Iglesia la que se ocupó de las miserias, de todas las miserias. Había una orden religiosa para cada una de las distintas obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Siempre la iglesia se ha ocupado de los pobres pero, de repente, se encuentra como nuevo giro a este tema de los pobres y los pobres se vuelven una especie de sacramento, una especie de teología. "Vamos a hacer una teología de los pobres", y de ahí sale la teología de la liberación y hay una experiencia esencial de fe en ese descubrimiento. Pablo VI va a terminar regalando la tiara, la corona papal con el triple poder de la Iglesia, como gesto - y particularmente lo dice -, como solidaridad con los pobres.

Ni hablar de nuestro Papa Francisco  con su opción preferencial por los pobres. El Papa alegando sencillez llama “carnavalescos” a los ornamentos tradicionales, el Papa que se mueve en micro, que quiere una iglesia pobre para los pobres y que practica, él mismo, la misma línea con mucho beneplácito, la teología de la liberación y el marxismo, aplaude a los luchadores de los derechos humanos, promueve la canonización de todo el clero y el monjerío partícipe en la revolución. Todo eso responde a estos principios y hay que entender la gravedad de ello: No puedo ser verdaderamente pobre, pobre de corazón, pobre de espíritu, la pobreza que me pide nuestro Señor, y amar al mundo. No puedo, no se puede, es imposible como no puedo ser casto y pactar con la carne y pactar con la moda, y todo lo que la carne trae; y vayan haciendo, porque está bueno para hacer nosotros, un examen de conciencia con eso. No puedo ser obediente a Dios y a la vez querer seguirle el juego al demonio, no puedo.

Vaticano II hizo las pases con el enemigo, con el mundo y la carne; y bueno, sus obras cayeron bajo el poder del demonio. Es así, todo lo contrario al verdadero desapego de los bienes del mundo, a la verdadera pobreza. - Éste es un cuadro muy hermoso del Giotto, San Francisco está con el Señor, como Sumo Sacerdote, desposando, haciendo matrimonio místico entre San Francisco y la pobreza, la pobreza casándose con San Francisco -.

Los verdaderos consejos evangélicos son los que purifican el corazón, permiten descubrir el verdadero valor que tienen las cosas en orden al Reino de Dios. Sólo, solamente el pobre de corazón va a ser el que verdaderamente va a valorar el dinero; sólo, así como sólo el casto, el puro, es el que va a valorar a la mujer, sólo aquel que es casto, sólo el obediente va a ser el que va a valorar la autoridad. Es así, y la Providencia no deja de dar lo necesario porque prometió dar toda la añadidura a aquel que busca el Reino de Dios. Por lo tanto, llegar al cielo es difícil para el que tiene muchas cosas, pero es imposible para el que las desea desordenadamente y para aquel que las pone en un lugar en que no deben estar dentro del corazón.

Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja. Ustedes me dirán: - Bueno, pero ¿qué hacemos? Porque nosotros no somos religiosos, entonces ¿Tenemos que practicar esos votos pero a la vez no podemos usar las cosas? ¿Podemos usar las creaturas o no las podemos usar? ¿Cuál es la solución? ¿Dejar de usar las creaturas? - Y acá voy a hacer, por supuesto, una aclaración: No puedo dejar de usar las creaturas, están para ser usadas, es más, voy más allá: Si dejo de usar las creaturas, dejo de usar las cosas, no llego nunca a Dios porque solamente lo encuentro a través de las cosas.

Lo que miramos, lo que tocamos son las cosas, a Dios no; la fe me pone en contacto con Dios, me dice quien es pero no es un conocimiento sensible, esa misma fe me dice que Dios es el creador de todas las cosas, que todas están dispuestas por Él con mucha inteligencia, con mucha armonía y mucha sabiduría, y que ahí, en las cosas, yo lo voy conociendo a Él. No podemos ir directamente a Dios, no sin las creaturas que nos lo muestran. Lo que hace el amor de Dios es construir una escalera a través de las cosas. No se puede llegar a Dios si no hago estribo en las creaturas. El problema es cuando me quedo en el estribo y no subo al caballo; son estribos, son medios para, son escaleras, si me quedo en la escalera, no llego nunca. No se trata de despreciar de esa forma, de dejar de lado, (más que es imposible) sino ordenar sus intereses, sus gustos. Que su fin, verdaderamente, realmente, sea Dios. Lo que quiere el corazón de ustedes, que sea Dios, todo lo demás es añadidura y está para eso; la santidad es eso: Ordenar los amores. No puedo dejar de querer a las creaturas pero aquel que quiera a su padre, a su madre más que a mí no es digno de mÍ, dice el Señor. El santo ama a Dios con todo su corazón. San Francisco cuando veía la Creación, él veía todo perfectamente y a través de la luz de las creaturas, miraba a Dios nuestro Señor, veía ahí la luz de Dios, en las creaturas, y por eso ahí viene lo que nos dice San Ignacio hay que usar de las creaturas tanto,  cuanto nos ayuden para conseguir el fin. Ahí está la solución, cuando estoy enfermo uso el remedio tanto y cuanto me ayuda para curar la enfermedad;  (ya se me pasó el dolor, ya está) y ahí viene lo que se llama la “santa indiferencia” hacia las cosas creadas, que nuestro corazón no termina ahí en las cosas, en esos apegos. Cuando yo era chico venían unos caramelos de leche grandes, eran un asco, si llegaban a caer era imposible sacarles toda la pelusa de alrededor, bueno, ese es nuestro corazón, un pegote grande que empieza a pegotearse con todo lo que va tocando, y todo se pegotea y todo lo empieza a detener en su marcha. Hace falta - de ahí viene la palabra - desapego. Hay que desapegar, despegar el corazón, hacerlo libre;  las cosas, las creaturas, si bien están en sí mismas hechas para llevarnos al cielo, sin embargo, volvemos al principio, por la triple concupiscencia hay un riesgo enorme, son lazos, terminan siendo lazos esos amores desordenados,  lazos o cadenas, da lo mismo. La paloma no vuela si está atada con un lazo, da lo mismo con que esté atada, no va a volar, y hay cosas que a veces no parecen graves, pero ¡cuidado! - Y en eso, tantas veces los sacerdotes les queremos hacer abrir los ojos -,  hay cosas, repito, que no parecen ser graves, pero ¡qué exagerados son los curas! y estamos viendo nosotros, los sacerdotes, como están siendo pegoteados por esos lazos, y no van a volar, y el corazón no se va a hacer grande, no se va a dilatar y nuestro Señor tiene, a veces, que proceder a la fuerza, tiene que ir con el choque y a veces arranca cosas de las cuales pensamos que no podemos vivir sin ellas, y de repente vemos ¡uy! ¡qué liviano que se está! Y uno empieza a confiar, el corazón se dilata cuando empezamos a desprendernos de las creaturas: Donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón.

Nuestro Señor ya no sabe cómo decirnos de todos los modos posibles. Nos dijo ¿Dónde pusiste tu tesoro? ¿Qué es lo que te mueve, que te gusta, que te inquieta? "¡Sí, yo quiero a Dios! En realidad lo que me mueve, lo que me hace mover en el día a día es otra cosa, voy al celular, a las amistades, al Rugby, la novia, o qué se yo qué, y nunca llego a poner mi corazón donde lo tengo que poner y nunca llego a poner mi tesoro en el cielo donde la polilla no roe y el ladrón no roba.

Eso es, queridos jóvenes, el espíritu de pobreza. Un corazón que tiene el espíritu de pobreza es un corazón que usa fácil de las cosas, las puede usar, es como Tom Bombadil con el anillo, que no le hace nada porque tiene ese desapego de las cosas, las puede usar fácilmente, fácilmente las deja, tiene el corazón desapegado y ahí es un punto donde el demonio nos engaña un montón, porque nos quiere hacer creer que llegar al cielo es renunciar a todo: "Está bien, voy a llegar al cielo, pero siendo un infeliz porque me quita todo".

No dejamos nada en el camino, en el cielo vamos a encontrar todo, todos los quereres, todo va a estar en el cielo de modo bellísimo, realísimo; por eso no tengan miedo - ese miedo que tuvo el joven rico - en decirle a nuestro Señor “te seguiré donde quieras que vayas”, no tengan miedo. Él, después, ya les dirá por qué camino, pero hay que entregarle el corazón: "¡ah no! porque no estoy llamado a la vida religiosa", pero ¿qué importa?, tenés que darle el corazón lo mismo; estás llamado o no estás llamado: El corazón es para Dios; “te seguiré donde vayas" y que Él diga donde quiere que vayas; "te seguiré si Tú quieres que yo vaya por aquí", ¡no! eso no vale.

Quizás no todos están llamados a la vida religiosa, muchos sí pero quizás no todos, pero sí todos están llamados a la perfección evangélica.

No hagan las pases con el enemigo, no hagan lo que hizo Vaticano II, no hagan lo que hizo la sociedad, la vida moderna. Queridos jóvenes, levanten ustedes dos obstáculos fuertes frente al llamado de nuestro Señor que son como el verso y reverso de la misma moneda, los vuelve ricos y los vuelve tímidos, no ricos materialmente sino formalmente, es decir el mundo, la vida moderna les llena el corazón de deseos materiales, de deseos mezquinos, de deseos de aparatitos, de placeres, de libertad, y muchos de ustedes quizás luchan en mantener esos deseos dentro del límite de los mandamientos, pero siguen teniendo esas cosas en el corazón, siguen siendo ricos. Ahí un problema: quizás no peco pero estoy apegado y por eso también se vuelven tímidos, pusilánimes, indecisos porque les cuesta desprenderse de esas pequeñeces, y el que no se desprende de lo chico no llega a lo grande; un corazón que no se desprende de esas estupideces no llega a ser magnánimo, es imposible que se dilate. Es lo que pasó con las congregaciones, no se entendieron más los votos, se hicieron tímidos, pusilánimes, ya no se entregan a nuestro Señor. Realizan una acción mundana, una acción social.

El corazón solo para Dios. Esa parábola hermosa del sembrador donde nuestro Señor sale y siembra y tira, así como al pasar, las semillas; dice nuestro Señor lo sembrado entre espinas - parte de las semillas cae entre espinas - son los que oyen la Palabra de Dios, pero los cuidados y el encanto de las riquezas la sofocan y queda infructuosa. Es el primero de los votos, sacar las espinas, hacer la tierra fértil, sino quizás hasta nace la plantita pero va a ser infructuosa, la van a sofocar las espinas. Saquen esas espinas, sean alfileres o espadas que están en el corazón, hay que sacarlas. Este joven del Evangelio cumplía los mandamientos desde niño, tenía cierta virtud; nuestro Señor, repito, lo mira con amor, le dice ven, vende cuánto tienes, dalo a los pobres, sácate todo para afuera, saca todo del corazón, Yo quiero eso, quiero el corazón, sígueme. El joven se fue triste. El que no desapega el corazón, su vida va a quedar sumergida en una sopa de tristeza, por eso vendan, vendan las falsas riquezas que apesadumbran y paralizan el corazón.

El corazón de nuestra Señora, el corazón de la Virgen no estuvo apegado a nada, esa es una de las características de la Inmaculada Concepción, no solamente no tener pecado: La Virgen no estaba apegada a nada, solamente a Dios, el corazón de la Virgen era para Dios.

Nuestro Señor corría libre en todo, no tenía ninguna atadura, ni del mundo, ni del demonio, ni de la carne, ni de la concupiscencia de los ojos, ni de la concupiscencia de la carne, ni de la concupiscencia del espíritu.

Sus corazones han sido hechos no para el amor de las creaturas sino para el amor de Dios, son las palabras de San Agustín: Nos has hecho para Ti Señor, y nuestro corazón va a estar inquieto para que descanse en Ti, o sea, donde nos quiera nuestro Señor, en el estado religioso o en el mundo.