El problema de la Autoridad, quinta conferencia del encuentro de jóvenes 2018

Noviembre 15, 2018
Origen: Distrito América del Sur
"No es posible que se ejerza ninguna función de autoridad, de modo verdadero y válido, si no se hace en sumisión a la superior autoridad eclesiástica"

El tercer bloque de conferencias comenzó con el problema actual de la autoridad. Esta conferencia la dio el doctor Dardo Calderón, abogado recibido en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, sobrino del padre Álvaro Calderón, cuyo último libro titulado "El Reino de Dios" utiliza como base en su exposición.

Lo primero que quiero decir es que esta conferencia es básicamente un acto de obediencia, porque cuando me llamó el padre Caliri no me dio mucha alternativa. Yo le dije que había personas más capacitadas para darla y no le importó, y me puso en esta situación, y hasta me impuso el título porque nunca me lo preguntó, pero yo vi en el programa que decía “el problema de la autoridad”. Tratando entonces de ejercer, en lo posible, la virtud de la obediencia, intentamos hacer algo para explicar y ver, de la forma más sencilla posible, cómo llegar a presentarles este problema, que en realidad más que problema, podríamos decir que empieza a ser la solución de casi todos los problemas, en la medida en que uno entiende a la autoridad y en la medida en que uno la acata. De hecho, la grandísima mayoría de todos los problemas que tenemos hoy en nuestras familias, nuestra sociedad y hasta en la Iglesia, son problemas que van a estar originados y van a estar derivados en la falta de autoridad o en la falta de obediencia, porque es ahí donde el demonio va metiendo la cola, así como lo han visto con la castidad y con la pobreza. El demonio va metiendo siempre la cola con la cuestión de la obediencia porque es un ángel: Conoce y sabe cuáles son los medios que Dios nos ha dado para llegar al cielo y sabe que lo que él tiene que hacer es, justamente, obstaculizarlos de todas las maneras posibles para, al fin y al cabo, perder nuestras almas, que es de lo que se trata esta lucha entre el demonio y nosotros, ayudados por Dios y la gracia.

¿Por qué si teníamos que hablar de la virtud de la obediencia, la charla se llama “el problema de la autoridad”? Un poco la explicación estaría dada por el hecho de que a la autoridad de la persona que la posee va a corresponder – es una relación – la virtud de la obediencia de todos aquellos que están sujetos a esa o a esas personas. Entonces, es claro que cuando uno va esclareciendo o va entendiendo un poquito más la noción de autoridad, paralelamente y necesariamente va aclarado la noción de la obediencia. Cuando entiende o trata de entender qué es la autoridad, para qué sirve y en qué consiste; se va dando cuenta de lo importante, lo necesaria y esencial que es la obediencia en todos los aspectos de nuestra vida y fundamentalmente para la salvación de nuestra alma que es, al fin y al cabo, lo único que importa.

Ahora les pido un esfuerzo de diez o doce minutos porque esta es la parte más ardua. – Acaban de desayunar así que el azúcar a esta altura les debe estar llegando al cerebro – Es un esfuerzo porque es un esquemita simple, pero un poco arduo – para echar la culpa a alguien les aviso que lo he sacado y lo he resumido del libro del P. Calderón que se llama “El Reino de Dios”, para aquél que le interese profundizar la cuestión –. Es un esquemita muy pequeño, relativamente fácil y, a mi entender, les va a solucionar y les va a dar la explicación de un montón de situaciones y problemas y los va a ayudar a tomar decisiones en lo que se les viene por delante en la vida – por lo menos, a mí me resultó así –. Un esquema que es muy útil comprenderlo. ¿Qué dice el esquema?: Explica qué es la autoridad y las funciones que cumple. De esa manera vamos a descubrir, de algún modo, su valor, su grandísimo valor, y el problema que significa no tener autoridades. El problema que significa no obedecer cuando tenemos autoridades.

Empieza el tema del esquema – hagan el esfuerzo –. Para conseguir cualquier bien, una persona, – pongamos algo simple – ustedes, por ejemplo, se quieren comprar una camisa. Cualquier cosa que quieran conseguir, por concreto o abstracto que sea, van a necesitar tres condiciones que son: Saber, querer y poder. Es decir:

  • Saber. Primero tienen que conocer. Saber ir y buscar camisas y decir “ésta de tal característica, necesito que sea más abrigada, menos abrigada”; es decir, conocer con la inteligencia ese bien que están buscando.
  • Querer. Una vez conocido van a tener que preferirlo, de alguna manera orientar su corazón a la camisa – suena un poco banal orientar el corazón hacia una camisa, pero a veces pasa, por desgracia –. Preferir ese bien respecto de todos los otros que puedo llegar a comprar con el mismo dinero, por ejemplo.
  • Poder. La tercera condición es poder, es decir, poner los medios necesarios para comprar la camisa: Ir a manguear a mi papá, ir a trabajar, ir a conseguir el dinero, ir al lugar y comprar la camisa.

Son las tres condiciones de sentido común, si uno se pone a analizar, para conseguir cualquier bien.

¿Qué ocurre? Que cuando dejamos de hablar de bienes particulares – es decir aquella camisa que es un bien individual – y empezamos a hablar de bienes comunes, es decir, bienes que se procuran, se disfrutan y se consiguen en comunidad y son propios de un conjunto de hombres, no ya de uno solo, es necesario que la comunidad sea la que sabe, quiere y puede. Ahí es donde aparece la necesidad absoluta de la autoridad. Porque la autoridad es la que va a unificar a la comunidad y es la que la va a hacer saber, querer y poder. Traten de organizar cualquier cosa entre, no les digo diez; cinco personas, sin establecer funciones, sin establecer quién manda, y van a ver la necesidad absoluta de la autoridad como una evidencia palmaria. Me imagino estas jornadas, por ejemplo. Son un bien común que se ha logrado con una organización. Y si no se hubiera establecido una autoridad que diga: “Vos hacés tal cosa, vos hacés tal otra; vos te ocupás de esto, vos te ocupás de lo otro”, lo más probable es que nunca jamás hubieran llegado a producirse estas jornadas, ni ninguna otra cosa que se vaya a procurar en comunidad porque la experiencia misma nos muestra que todos tenemos distintas condiciones, distintas capacidades, distintas aptitudes y tenemos también nuestros defectos. Entonces tiene que ser alguien el que, de alguna manera, unifique esta voluntad y vaya utilizando estas capacidades y estos defectos, ordenando cada cosa para conseguir ese bien que se propone la comunidad.

¿Qué va a hacer la autoridad? Va a hacer estas tres operaciones que dijimos al principio.

  • La autoridad, en primer lugar, va a ser la encargada de iluminar las inteligencias. Es decir, le va a decir a todos los integrantes de la comunidad, de acuerdo con sus capacidades, de acuerdo con lo que cada uno puede entender – porque no todos entendemos de la misma forma ni estamos en la misma situación – le va a tratar de mostrar y hacer entender que lo que ella está procurando para la comunidad es un bien, y es propio y le sirve a cada uno de los integrantes de la comunidad. Por eso, primero entonces, lo que va a buscar es eso: Iluminar las inteligencias.
  • En segundo lugar – habíamos dicho que la segunda operación era querer – la autoridad va a tratar de inclinar los corazones. Es decir: una vez que nos mostró que eso era lo bueno y hacia eso nos teníamos que dirigir, ahora va a hacer, de alguna manera, que los que integran la comunidad lo prefieran respecto de todos los otros bienes, incluso los bienes particulares. Por ahí yo prefería usar el dinero de otra manera que dárselo al Padre Caliri para organizar estas jornadas – yo no le he dado dinero, les aviso – pero hay gente que podría haber usado su dinero de otra forma. La autoridad fue haciéndoles preferir poner su dinero en esta obra antes que ponerlo en muchas otras obras buenas – no estamos diciendo que sean malas –. Podrían haberse comprado otras cosas pero no; prefirieron, por ejemplo, dar su dinero al Padre Caliri para que todos ustedes pudieran [asistir a las jornadas]. De esa manera, entonces, la autoridad – ya vamos a ver cómo – va a inclinar los corazones.
  • Por último, una vez que ha iluminado las inteligencias e inclinado los corazones, lo único que va tener que hacer es abocarse a dirigir la acción. Es decir, a decidir: Ahora vos te encargás de esto, vos te encargás de lo otro; cómo hacer la compra, vos esto, vos lo otro” y vamos a lograr este bien que son las jornadas – por poner un ejemplo –.

Ya esto les va a dar un dato. Es decir: Cuando la autoridad carece de algunas de estas funciones, o no cumple algunas de ellas o, lo que es muy grave, no las quiere cumplir; se convierte en una de las pestes que vivimos en este mundo. Una vez que la autoridad carece de estas funciones, deja de ser verdadera autoridad, deja de ser legítima, y nos sumimos en un desorden en el que, si quieren ver un ejemplo claro, vean la Argentina de estos últimos 6 meses y ahí van a tener un ejemplo bastante evidente.

Entramos un poquito en estas funciones que les dije: Iluminar la inteligencia, inclinar los corazones y dirigir la acción. Esta función de iluminar es lo que se llama “función de magisterio”, que es la primera función que va a cumplir la autoridad. La segunda la llamamos “función de justificación” y la tercera se llama “función de gobierno.”

¿Qué se requiere, sucintamente, en la autoridad para que cumpla cada una de estas funciones, y entonces, suscite de alguna manera y merezca la obediencia de lo que le están sujetos?

La función de magisterio

Lo primero que va a requerir la función de magisterio, evidentemente, es que la persona que va a ejercer la autoridad, eduque a sus súbditos, ilumine sus inteligencias. Para eso tiene que tener un conocimiento claro del bien común. Lo primero que se requiere absolutamente es que conozca cuál es el fin hacia el cual tiene que conducir esa comunidad para que, en base a ese fin, ordene todas las cosas. Es decir: Si ustedes quieren, se juntan para formar un club de fútbol. La persona que dirige o vaya a dirigir esa comunidad de personas deberá tener claro cuál es el bien que perseguimos al juntarnos: Es un club de fútbol, entonces ¿Qué va a hacer? Las medidas que va a tomar van a ser dirigidas hacia ese bien propio. Si tiene que contratar entrenadores y tiene claro que esto es un club de fútbol, va a contratar entrenadores de fútbol, no de jockey o de rugby Si tiene que invertir el dinero que junta esa comunidad, lo va a invertir para cumplir el objetivo. Entonces, la autoridad tiene que tener un conocimiento claro del bien común. Si nos salimos del club de fútbol y nos vamos a la comunidad de todos los hombres, cuyo fin es Dios, es decir, salvar sus almas, nos vamos a dar cuenta de que lo primero que debe tener la autoridad es el conocimiento de Dios porque es el fin al cual están dirigidas todas estas personas que forman la comunidad que la autoridad tiene a su cargo.

Ahora ya pueden ir sacando sus conclusiones: ¿Qué pasa con una autoridad que no cree en Dios? ¿Qué pasa con una autoridad o con un padre de familia que no dirige su familia hacia Dios? Van a empezar los problemas porque va a fallar esta función de magisterio. La función de la autoridad va a ser, entonces, ordenar todas las cosas, todo lo que está a su cargo en atención a ese fin que es lo que él siempre debe tener como mira, y siempre tener en consideración, conocerlo verdaderamente y abocarse a conocerlo. Cualquiera de ustedes que el día de mañana quiera ser jefe de algo o un padre de familia – que es lo que más cerca tiene quizás – va a tener una obligación grave, según sus capacidades, pero grave de conocer a Dios. Es decir: Conocer el catecismo y, como saben, a Dios no sólo se lo conoce de esa forma sino también a través de la vida de la gracia. Deberán de alguna manera tener a Dios en ustedes porque si no se les va a esfumar y dificultar cada vez más la posibilidad de cumplir su función. Ese es el tema.

Esta capacidad de ordenar todas las cosas en relación al fin último que es Dios, se llama o se puede llamar “virtud de la sabiduría”. Es decir: El sabio es aquel que ordena todas las cosas en relación a Dios, en dirección a Dios. Entonces la primera virtud que debe tener la autoridad es una sabiduría que no es la de un hombre que se encierra en una pieza y pasa todo el día contemplando – porque estamos hablando que tiene que dirigir una comunidad –; es una sabiduría que desciende a lo concreto y tiene que decirle: “El fin es Dios” pero – lo van a ver con los hijos, lo van a ver con las personas que tengan a su cargo – a uno se lo va a conducir de esta forma, a otro se le podrá llegar más fácil a la inteligencia, a otro va a haber que patearle más el trasero porque es más pesado de voluntad. Entonces la sabiduría que debe tener la autoridad es la que contempla a Dios pero ve las condiciones concretas que necesita para ir llevando a esa gente que tiene a su cargo hacia Dios.

Si lo primero que tiene que hacer la autoridad es explicar, iluminar la inteligencia, lo primero que le va a surgir como consecuencia es que una verdadera autoridad, una buena autoridad, está sumamente interesada en elevar la capacidad intelectual y moral de las personas que la van a obedecer porque es mucho más fácil dirigir a la gente cuando entiende y cuando es virtuosa que cuando no ha entendido hacia dónde va, o cuando es defectuosa. Entonces va a ser mucho más fácil el ejercicio de autoridad. Es entonces interés de la autoridad el que las personas que están bajo su mando y que la deben obedecer, sean cada vez más inteligentes y más virtuosas. Esto está lejos de lo que nos pasa hoy en día, es absolutamente todo lo contrario: Lo que quieren es que seamos más brutos y más viciosos porque es la forma más fácil de conducir a una persona básicamente al infierno.

La segunda salvedad – y termino con la función de magisterio y esto creo que es importante – es que la autoridad no tiene la obligación, ni se la podemos exigir, de explicar a cada una de las personas sometidas todos los detalles de las órdenes que da. Nosotros somos, de alguna manera, como los sabios del cuento de “los siete sabios ciegos”. No sé si escucharon hablar de ese cuento: Trata de un rey que tenía siete consejeros, siete sabios ciegos. Y quiso saber qué era un elefante – en su reino no tenía elefantes –. Entonces manda a sus siete consejeros a arrimarse a un elefante para que vuelvan y le cuenten qué es un elefante. Uno se arrimó por la cola, otro por la trompa, otro se arrimó por la oreja, otro por una pata, y mediante el tacto le llevaron al rey cada una de sus conclusiones. Así el rey pudo tener, de alguna manera, una idea completa de lo que es un elefante, porque él la armó en su cabeza teniendo la conclusión de todos.

Esto pasa un poco con nosotros cuando tenemos que obedecer y cuando nos toca ser autoridades. La autoridad tiene una visión que nosotros, cuando obedecemos o estamos en el puesto de tener que obedecer – cuando somos hijos, cuando somos fieles, respecto de los sacerdotes – no tenemos, y muchas veces vamos a salir a criticar: “¿Por qué no hizo tal cosa? ¿Por qué no hizo tal otra? Hubiera sido mejor hacer tal otra” pero respecto de las decisiones prudenciales de la autoridad nosotros no tenemos la capacidad de criticarlas de esa manera. Podemos aportar un consejo, podemos aportar nuestra experiencia, si queremos, pero la autoridad tiene un lugar y está viendo cosas que nosotros no vemos. Probablemente les va a pasar: la vida cambia mucho cuando uno es padre. Uno se da cuenta que muchas veces se enojaba con su papá porque hacía tal o cual cosa porque estaba convencido de que lo haría mejor que él, porque la verdad es que uno se cree más inteligente que su papá. Entonces: “¿Por qué tengo que andar sometiéndome a este viejo podrido que hace estas cosas?” Cuando somos padres nos damos cuenta de que en aquel momento nuestro padre estaba viendo un montón de cosas que – con nuestra visión y nuestra ceguera – no veíamos. Yo había visto la oreja, mi padre estaba viendo al elefante. Entonces ése era el sentido de su dirección y de sus órdenes.

Dijimos entonces que lo primero que hay que hacer es llegar a la inteligencia de las personas; sin necesidad de explicar todo. No pueden pedirle al Padre Caliri que le explique a cada uno de ustedes por qué hizo el cronograma de las jornadas como lo hizo. Por qué no puso esta charla a las doce, por qué no la puso a las diez, por qué no la puso el sábado. Son decisiones prudenciales y lo único que la autoridad sí tiene que dejar patentes son los principios, es decir, dejar claro que sus decisiones están animadas por lo principios básicos. Si el Padre Caliri les hubiera dicho que en el tiempo libre la actividad es secuestrar a los hijos de los vecinos para pedir rescate, ahí se les podría haber complicado la obediencia, porque ahí la decisión empieza a afectar cosas que surgen como evidentes. Pero mientras no haya una evidencia clara y palmaria de que la orden es contraria a la ley divina, por ejemplo, no podemos rehusarla. Es ese el sentido la obediencia.

La función de justificación

La segunda función es, quizás por las consecuencias prácticas, casi la más importante. La función de justificación es aquella por la cual la autoridad inclina los corazones. Ya se los mostré: “Miren, nos dirigimos a esto, a nuestro bien; nos dirigimos a Dios. Me preocupé porque comprendieran quién es Dios, supieran y estudiaran su catecismo.” Ahora el problema es que la autoridad tiene que ir, ella misma, hacia Dios, porque puedo ser un excelente “chamuyero”1 – como dicen – pero si la gente no me ve hacer lo que digo, lo más probable es que todo lo que digo caiga en saco roto. Entonces, lo primero que tiene que tener una autoridad es una intención habitual y manifiesta de procurar el bien común, es decir: “Eso que les mostré, ese Dios que les mostré y que les enseñé, y que les dije… Ahora yo les muestro con mi conducta que lo estoy buscando, que lo voy a buscar y que voy a hacer todos los esfuerzos, voy a dejar de lado todos mis egoísmos, y voy a dejar de lado todas mis preferencias para buscar eso que les enseñé que hay que buscar.” Ahí es donde se pone difícil, porque decir las cosas es fácil. – Como acá, yo les estoy diciendo un montón de cosas, quizás, si me ven en mi casa me van a llamar “mentiroso” “estafador” –. Es muy probable, porque ahí es donde empieza el esfuerzo más grande de la autoridad. Ella misma va a necesitar rectificar sus apetitos a través de las virtudes y fundamentalmente a través de la gracia, es decir, si yo como autoridad soy una persona injusta, si no soy templado, si no soy prudente, si soy cobarde; esto va a llevar a que mis decisiones o mis acciones, incluso teniendo claro cuál es el bien y cuál es el fin, no arrastren a los demás, porque me van a decir: “Y bueno, está diciendo todo eso pero es un cobarde, al final está usando su autoridad para ganar más plata y hacerse rico en detrimento de los otros”. Van a empezar todas esas cuestiones y, fíjense, de alguna manera, decimos que esta función es la más importante porque van a ver que la mayoría, y nosotros mismos, más que por lo que a veces nos enseñan, nos vamos a guiar por los ejemplos. Uno va necesariamente a buscar referentes en la vida y va a ir siguiendo esos ejemplos. Por eso es tan arrolladora la fuerza de los buenos ejemplos y de los malos, es decir, cómo a través de lo que nos van enseñando, lo que vamos escuchando, vamos necesariamente buscando referentes. Quizás – no quiero decir herejías – quizás por eso Cristo se encarnó: Para darnos ese ejemplo concreto de que no era ese Dios allá arriba sino el que dice: “Acá estoy, soy un hombre”. Bueno, ese ejemplo es el que nos va a empujar. Es lo que, cuando nos toque ser autoridades, tendremos que trabajar. Fíjense que los ejemplos se construyen también socialmente. Eso es lo grave cuando como padre, o como persona que ejerce autoridad respecto de sus súbditos, uno descuida esta situación, porque el hombre va a buscar necesariamente el ejemplo, y si no lo encuentra en uno, lo va a encontrar en otro, lo va a buscar en otro. Y ahí va a estar el demonio dando vueltas a través de los medios, a través de lo que sea, para presentar a los hombres los ejemplos que él quiere que sigan.

Yo a veces cuento una cosa que me pasó en la oficina: Vino a consultar una persona muy humilde a la que le habían mandado por mensaje de texto una promoción de que si él depositaba $6.500 en una cuenta – había salido premiado por Susana Giménez, así decía el mensaje: “Si usted deposita en este acto $6.500, le van a mandar $30.000 en efectivo y un televisor de «352.000 pulgadas»” –. Era un hombre muy humilde, $6.500 era la mitad de su sueldo. Fue y lo depositó. Cuando llevaba un mes sin que le llegara el televisor, empezó a sospechar: – “Es posible que me hayan estafado” – y fue a consultar si era posible que le hayan mentido. Yo leí el mensaje y le dije: – “Mirá, te estafaron – no, no puede ser – sí, te estafaron – no, no puede ser – ¿Por qué no puede ser? – Porque es Susana Jiménez”. Para él era la garantía moral. Si hubiera bajado un ángel del cielo, no era tan seguro como el mensaje que decía “Susana Giménez.” Es triste y es gracioso a la vez, pero vamos viendo cómo en el imaginario del común de la gente, la gente va buscando modelos, y si no le presentan un buen modelo termina creyendo en los que tiene en la televisión, y la estafan.

Así como en la función de magisterio la virtud propia era la sabiduría, en la función de justificación, la virtud propia es la justicia, es decir, la autoridad es la que tiene que saber arrastrar los corazones dando a cada uno lo que le corresponde y, fundamentalmente y en primer lugar, dando a Dios lo que le corresponde, que es el primero que tiene derecho a recibir. Acá hay una cuestión que yo, – a pesar de que estudié en “la mejor universidad del universo”2, como dijo el Padre –, recién la entendí cuando leía esto3, hace un mes. Una cuestión que explica que cuando falta la virtud de la justicia en la autoridad se hace prácticamente imposible que exista justicia en la comunidad. Les puede parecer raro pero es así. Es gravísimo porque si la autoridad no está dirigiendo al bien común y diciéndole a cada uno cómo tiene que orientar su acción al bien común, a veces uno estará haciendo acciones que cree que son buenas, y van a encontrar bienes particulares pero no el bien común, porque falta esa visión totalizadora y dirigida al fin que va a dar la autoridad. Para darles un ejemplo, es como si en una guerra un general se vende al enemigo. Le pagan una suma de dinero y se vende. Deja de conducir la estrategia de guerra y, ¿Qué va a pasar? Van a quedar un montón de pelotones, y probablemente haya algún capitán con su pelotón que ante la falta de mando, haya decidido pelear y pierda todos sus hombres. En ese lugar y en sí mismo, el acto es virtuoso porque ha cumplido su función pero, quizás, la estrategia general exigía que él se retirara de ahí y fuera a pelear a otro lado, y así hubieran ganado la guerra. De esta forma, quedándose ahí perdiendo hasta el último hombre, perdió la guerra. Cuando falta la autoridad es un poco así, falta la noción misma de justicia y uno ya no sabe, y tiene que ser cuidadoso de eso, ya no sabe qué es justo y qué no.  Les doy otro ejemplo – me lo trajo el Padre Calderón –: Si mi vecino me prestó la escopeta para defenderme, la obligación indica que si la escopeta es de él y me la prestó para defenderme, yo tengo la obligación de restituirla. Es lo justo, es lo debido a mi vecino. Pero ocurre, por ejemplo, que mi vecino se hizo subversivo o en vez de trabajar, alquila armas a delincuentes para que vayan a asaltar, como hay mucha gente que vive de eso, alquilando armas. Entonces esa obligación que parece justa ya no es lo que corresponde al bien común y esa visión me la va a dar la autoridad. Eso es lo grave, lo terrible, lo gravísimo de las autoridades deshonestas. Perdemos el norte, como si nos rompieran la brújula, y a veces vamos a caminar bien, a veces no. Nos vamos a perder, nos vamos a ir por ahí, vamos a hacer obras, convencidos de que hicimos algo magnífico, y al final, lo que hicimos es perjudicar al bien común.

Básicamente, para resumirles, la autoridad va a ejercer esta función de justificación con cuatro acciones: enseñando, dando ejemplo, premiando y castigando. Esto se va a realizar en relación a la capacidad de cada uno de los que tienen que obedecer. Hay gente que comprende y que es virtuosa y con solo señalarle lo que ese es el bien ya va solito. Me va a bastar enseñando. Hay otros que no tanto – como la mayoría de nosotros – y van a necesitar el ejemplo, van a necesitar ver lo que la autoridad haga y entonces la van a seguir. Y hay otras personas dentro de la comunidad aún más limitadas, que van a necesitar el premio y el castigo. El objetivo va a ser siempre que estos últimos sean los menos para poder conducir esa comunidad.

La función de gobierno

La última función es la función de gobierno. Una vez que les enseñé, les mostré: “Este es el fin”; les propuse mi ejemplo en el que yo he abandonado todos mis intereses particulares para seguir ese fin, y entonces reclamo, inclino sus corazones hacia el fin donde yo mismo estoy yendo; queda, entonces, ir un poco a lo concreto: Vamos entonces a gobernar, y gobernar es básicamente dar las leyes, legislar, dar las reglas que me van a indicar, y nos van a indicar  a cada uno de nosotros, dónde está el bien y qué es lo que tenemos que hacer para conseguir ese bien. Si se fijan qué es una ley, en este concepto sano y católico de la autoridad: Es una ordenación de la razón dirigida al bien común. Si se fijan qué es hoy, para la gente que gobierna, una ley, se van a dar cuenta que es absolutamente lo contrario, está dado completamente vuelta, es decir, las leyes, las “autoridades” lo que hacen es interpretar qué quiere la mayoría de la gente y entonces, en base a eso, darles una ley. Todo el juego político se trata de eso, de hacer creer que la gente quiere tal cosa, y ellos sacan una ley, pero no hay una referencia, un bien común. El bien común, para ellos, es lo que quiere la mayoría y lo tienen explicitado en toda esta cuestión del aborto que se ha estado discutiendo hace muy poquito y que sigue en discusión, donde lo que los políticos dicen es: “Le tenemos que dar respuesta al pueblo”. Entonces, si hay cien mil millones de moscas que comen caca, concluyen que ésta no ha de ser tan fea, tan mala, y hay que hacer una ley para que todos podamos hacer lo mismo. Ese es el razonamiento perverso y dado vuelta cuando se pierde la noción correcta de la autoridad.

  • 1. Aquí tomado como persona que sabe muy bien hablar y engañar a otros, no haciendo nunca lo que dice.
  • 2. En la presentación del conferencista el sacerdote encargado de presentar a cada uno de ellos hizo referencia a la Universidad Nacional de Cuyo, donde estudió el exponente actual, diciendo en tono de broma que era la mejor universidad de todas las existentes
  • 3. Se refiere al libro “El Reino de Dios” del padre Álvaro Calderón
Dr. Dardo Calderón. Abogado. Feligrés de nuestra iglesia de Mendoza, Argentina

Ataques a la autoridad

Ese es el esquemita, traten de guardarlo porque en lo que sigue vamos a ver un poco, para entrar en el problema de la autoridad, cómo a través de los diversos ataques del mundo moderno, el diablo va a tratar de ir apuntado a todas estas funciones y tratando de que se haga imposible cumplir con todas ellas porque, al fin y al cabo, el diablo, que no es ningún tonto, sabe que la autoridad no es otra cosa que la expresión del amor de Dios, es decir, es lo que Dios nos ha dejado para conducirnos amorosamente hacia Él. No nos dejó solitos, arreglándonos solos, sino que nos ha dejado y nos ha organizado a través de sociedades específicas como la familia, la sociedad civil y la Iglesia para que podamos llegar a Él ayudados por esas autoridades que son las que nos llevan, las que nos hacen crecer y nos conducen, al fin y al cabo, a ese fin.

Entonces, él, el diablo, va a tratar de ir minando de alguna manera todos estos principios, estas funciones de la autoridad. Acá, con respecto a las funciones, hay dos datos revelados que gente de muy buena intención, muchas veces por prescindir de la religión, cuando piensa en política o al creer que son cosas distintas, o al creer que son cosas separables, se está perdiendo en realidad, lo más importante, porque estos dos datos revelados nos van a dar la pauta de qué necesita la autoridad para cumplir con estas funciones. Es decir que la autoridad no va a poder enseñar, no va a poder ser ejemplo, no va a poder gobernar si no tiene en cuenta que la gente a la que se está dirigiendo y con la que está actuando tiene, primero, una inclinación al mal producido por el pecado original y, segundo, el remedio de la gracia que es lo que ha dejado Dios a mano, sin el cual, el hombre no solo no puede llegar al cielo sino que va a empezar cada vez más a vivir no como hombre, sino a vivir peor que un animal. Y sigo con el ejemplo [del aborto] porque es lo más actual: Qué ve de más horrible y antinatural que una mujer pidiendo que le dejen matar a su hijo. Es una evidencia. Y si bien es un mal que nos explota en la cara, es causa de muchas otras cosas que, quizás no hemos visto o nos hemos hecho los burros y, es verdad, son hechos de una evidencia y de una crueldad que a uno le muestran cómo ese hombre que se ha desligado de la autoridad de Dios, que ha perdido la gracia, se va a transformar en lo peor, peor que alguno de los peores animales. Hay animales que dan la vida por sus hijos y resulta que hay hombres que los quieren matar y piden un asesinato “seguro, legal y gratuito.”

La conclusión que sacamos es: Si la autoridad tiene que cumplir todas estas funciones, si exige una serie de condiciones de las personas que tienen que obedecer; si hay pecado original y si la gracia es absolutamente necesaria, va a surgir como conclusión que ninguna autoridad va a poder hacer nada verdadero y duradero si no tiene la asistencia de los sacramentos, si no tiene la asistencia de la gracia. Y para tener la asistencia de la gracia y de los sacramentos necesita a la Iglesia, a los sacerdotes; y cualquier autoridad, sépanlo, cualquier cosa que emprendan en sus vidas con independencia de esto, está destinada al fracaso. Si separan su familia de ese auxilio, están destinados al fracaso, más tarde o más temprano. Si separan sus sociedades de ese auxilio y de la proximidad del sacerdocio y los sacramentos están destinados al fracaso. De hecho, es lo que nos está pasando. Por suerte la Argentina es un buen ejemplo de todo lo malo, entonces va a ser fácil [de entender]: es cuestión de ver el noticiero, nada más.

Les leo una pequeña frase:

No es posible que se ejerza ninguna función de autoridad, de modo verdadero y válido, si no se hace en sumisión a la superior autoridad eclesiástica que le da la orientación al fin último sobrenatural y la fuerza misma para que se ejerza con eficacia.1

Grábenselo y sepan que cualquier obra que quieran iniciar con independencia de eso, probablemente no sea una obra buena y posiblemente esté destinada a un fracaso seguro, más tarde o más temprano.

Los dejo de aburrir con el esquema pero traten de recordarlo porque ahí uno va viendo cómo los males modernos van apuntando a esto. Van apuntando a irnos dejando a todos huérfanos de autoridades, a ir minando la obediencia para que nos quedemos solitos y a merced del diablo.

Van a ver que el mundo moderno dirige todos estos ataques directamente contra las instituciones que funcionan y que Dios estableció para funcionar en base a este principio de la autoridad y la obediencia. Estas son básicamente la sociedad familiar, la sociedad civil y la Iglesia. El demonio, de a poquito, como va pudiendo y trabajando con tesón, va a ir destruyendo en esta sociedad ese principio de autoridad. Nos va a ir haciendo desobedientes, haciendo que los que tienen que ejercer la autoridad, por vagancia o por comodidad, la dejen de ejercer y entonces dejen a los suyos a merced del maligno.

Ataques a la función de magisterio (enseñar)

Uno de los ataques que van a ver: hay una tendencia y una tentación de los padres y de los maestros, y hay un montón de teorías pedagógicas que le dan una supuesta justificación, a que, por ejemplo los niños no sean educados. Esto que está pasando acá de que hay una tarima más alta donde habla el que enseña, es una herejía para la modernidad porque “yo no tengo nada que decirles – en este caso puede llegar a ser verdad – pero no tengo nada que enseñarles”. El maestro y el padre lo único que hacen es ser una especie de facilitador de que el niño, el alumno, saque su propia maravilla, saque todo eso maravilloso que lleva adentro. Yo no tengo nada que imponerle, no tengo nada que enseñarle como verdad [absoluta]. Eso es nocivo, es anular la función de magisterio. Vean, esta persona que supuestamente es autoridad, simplemente no tiene nada para enseñarles y por eso, lo van a ver en algunos cursos, hacen mesa redonda, organizan los bancos y el maestro camina, va y vuelve, como en algunas películas. Lo convierten en el modelo de la enseñanza más maravillosa. Estar al frente de una cátedra diciéndoles a los otros que tenés algo que enseñarles es terrible y es un poco lo que busca el demonio. ¡Ojo con esto! Porque uno a veces lo escucha de gente de buena voluntad y con buenas intenciones: “No metamos estas cosas o no les digamos a los niños tales cosas, – está bien, uno tiene que ir graduando – pero no los metamos en estos problemas o dejemos que ellos expresen su creatividad, – creatividad es la palabra que les encanta, indudablemente es querer ser como Dios –. Esas formas de pensar nos van a anular, prácticamente, la función de magisterio. No tenemos más nada que enseñarles, ninguna verdad que decirles.

Otro problema grave que empieza a suscitarse es el de los padres contra los maestros. Lo van a ver todos los días. Es una constante: “¿Por qué desaprobó a mi hijo?” Y tengan cuidado porque uno lo ve como muy externo pero a veces uno empieza a verlo cercano [el hecho de] cómo empieza un padre a querer proteger a su hijo del maestro o ir a desautorizarlo o a pelear con el maestro porque no le puso un diez, o a pelear porque no salió abanderado. Así es cómo el germen va entrando en nuestras pobres almas y vamos destruyendo, en la cabeza del niño, la autoridad de ese maestro que le va a ser tan necesaria [al niño] para avanzar en el camino de la inteligencia y de la virtud. Muchas veces nosotros se la vamos a destruir creyendo que cuidamos [a nuestro hijo]: – “Yo voy a hacer que te pongan un diez, vení nene”, – y el maestro termina diciendo – “y bueno, tomá un diez y no te quiero ver más porque me la complicaste mucho”.

Ataques a la función de justificación (dar ejemplo)

Otra cosa – que me da un poco de vergüenza o de risa decirlo porque yo he estado de ese lado y he dicho ¡Qué exagerado! y ahora digo ¡Qué estúpido fui! – son los ejemplos que van a tener muchas veces, sobre todo los niños, en la televisión y en las películas. Si se fijan y lo hacen como un ejercicio: vean una de estas películas que parecen inocentes – las famosas películas de Disney –. Veía una de un toro en la cual el planteo es: el protagonista es una persona que descubre que los mandatos de su familia, los mandatos de sus padres, son cosas que ya no se ajustan al tiempo y a la realidad que él está viviendo. Entonces lo que él hace es desobedecer el mandato de su padre, el mandato de la tradición de toda su familia, y salir a mostrarle al mundo lo maravilloso que es [desobedecerlo], y la película termina coronando su espontaneidad, su maravilla, y coronando al tipo que fue sabio por no seguir el consejo de su padre. Fíjense: Parece una estupidez hasta que uno se da cuenta, por ejemplo, cómo los sacerdotes y las catequistas les enseñan el catecismo a los chicos. Lo haden de la misma manera, lo que van haciendo [las películas] es un contra catecismo. Si se fijan cómo enseñan catecismo a los chicos más pequeños, a través de imágenes, de historias, a través de esos pequeños cuentos cuyas imágenes van quedando de una manera sorprendente en la memoria de los chicos, hasta muy chicos, [verán que] el diablo lo que va haciendo va por ese lado. Por eso, cuidado con esa tentación que todos tenemos cuando los chicos empiezan a gritar: los “enchufamos” el televisor. Lo que estamos haciendo es destruir ese hábito de dirigirse por los mandatos de la autoridad y destruyendo ese hábito de la obediencia, pues se está mostrando que al que desobedeció le fue fenómeno. El que desobedeció es el héroe, el “canchero”, el maravilloso, y le salió todo bien: “¿Por qué tenemos de obedecer nosotros?”

Otros ataques en la familia y en la sociedad civil

Otro de los problemas que se ve bastante es el ataque a la familia, que es una institución que funciona en base a la autoridad y, además, es donde uno recibe lo que va a llevar prácticamente toda la vida. Esto es, lo que sucede muchas veces, que las mujeres salgan a trabajar: No es por el trabajo en sí, por decir “no, las mujeres tienen que estar sojuzgadas” – violencia económica que queremos ejercer los hombres, así le dicen ahora –, el problema es cuando les absorbe el tiempo que tienen necesariamente que pasar con sus hijos. Están destruyendo esa imagen de autoridad prácticamente sagrada – que es la imagen de la Virgen – que tiene la madre sobre el hijo para inculcarle esas primeras ideas que muchas veces van a ser que las que le salven el alma. Los padres les pueden contar más anécdotas pero yo he visto tres o cuatro casos de llevar un sacerdote al hospital a gente moribunda que no ha tenido en su vida práctica religiosa frecuente, pero que su mamá le enseñó a rezar, o su mamá era muy devota de la Virgencita, y en ese momento, de la muerte, parece un llamado a lo más pequeño de la infancia que les hace abrir el alma, y la presencia de la madre es, en ese aspecto de una sociedad  familiar, una autoridad fundamental. Es casi – como diría en términos de abogado – un seguro de salvación. Uno va dejando ahí una cosa que es muy difícil de remover y eso es lo que el diablo va tentando con el feminismo, con esas ideas de independencia. Chesterton decía que la mayor conquista del feminismo es haber logrado que las mujeres dejen de ordenar los cajones del placard de su propia casa para pasar a ordenar los ficheros de una oficina ajena. Esa era la gran conquista porque salen a trabajar, se independizan, y terminan estando bajo un jefe peor, mucho peor que un marido. Eso como un ejemplo de ataques a la sociedad familiar.

Tenemos otros ejemplos que, quizás, se presten para más controversia en materia de la sociedad civil donde, ya en nuestro tiempo, el avance es más grave porque todavía, dentro de todo, las familias si se acercan a la iglesia y se mantienen unidas, tienen esa posibilidad de soportar, pero no es ese el modelo de perfección que Dios quiso. En realidad Dios quiso la familia, la sociedad civil y la Iglesia, todas en una subordinación del poder de la Iglesia pero actuando hacia un mismo fin, disponiendo cada una de sus funciones, pero dirigidas, todas, hacia la salvación del alma. Ahora nos encontramos con que la sociedad civil comienza a ser un enemigo y de repente empiezan a cambiar muchas cosas porque mucha gente que, si trae buenas intenciones de insertarse en la sociedad, de participar en ella, comienza a tener que tomar mucho cuidado porque esa sociedad en la que se está insertando, en la que está participando, ya no es una cooperadora a la obra de Dios sino que es una cooperadora a la obra del demonio. Esto empieza a ser muy importante, es ahí donde se van a ver ejemplos claros del demonio contra la sociedad.

¿Qué va a hacer el demonio? Atacar la autoridad, producir el problema en la sociedad. Que esté en una constante agitación, que no haya autoridades claras. Un ataque clarísimo lo van a ver en la Democracia. La Democracia es la negación misma de las funciones de la autoridad. Una autoridad que se proclama democrática está diciendo que no hay ningún bien al cual dirigirse sino que el bien o el mal lo va a determinar la mayoría. Entonces si no hay ningún bien al cual dirigirse, la Democracia no tiene más nada que enseñar: ¿Para qué voy a enseñar, para qué voy a ejercer una función de magisterio si no hay ningún bien que yo tenga que mostrar? No, es lo que va diciendo la mayoría lo que dirige. No hay tampoco sentido de la función de justificación: ¿Ejemplo de qué tengo que ser?  Si no hay ningún bien hacia el cual dirigirme. “¿Vos querés así? Si juntás la cantidad de firmas suficientes hacemos una ley para que la mayoría sea así, y los otros que se joroben. La vamos llevando de esa manera. Es una negación clara y directa de la autoridad, de la forma que Dios ha querido que la sociedad civil se ordene y se organice.

Ni les digo el laicismo que ahora ha vuelto a ponerse de moda con los pañuelos rojos o naranjas; los de la separación de la iglesia y el estado. El laicismo es la muerte de la sociedad. De la misma manera que la familia que se separa del sacerdote, muere; la sociedad que se separa de la Iglesia está destinada “un rato más allá, un rato más acá”, a morir. Porque, si recuerdan el tema de las funciones, la sociedad que se separa de la Iglesia pierde esa fuerza que le da la gracia para que las autoridades cumplan sus funciones y para que los sometidos obedezcan, es decir, quedamos todos librados al mal que va en bajada del pecado original y que no tiene remedio, no tiene contención y no hay ningún esfuerzo posible. Por eso el demonio – ahí pasa una cosa curiosa porque uno ve los males cuando le estallan en la cara – quiso, por ejemplo, una cosa muy perniciosa que fue el matrimonio civil, la aceptación del matrimonio civil en vez del matrimonio eclesiástico. Tradicionalmente, en los países de tradición católica, si uno se casaba por la Iglesia, por ese solo hecho, la sociedad ya lo reconocía como matrimonio porque la Iglesia reconocía ese matrimonio.

El matrimonio es la forma, el sacramento a través del cual la gracia ingresa en la sociedad civil. Es muy claro ahí, como se explica,2 cómo ese bien y esa gracia que se difuminaban y que hacían que esa sociedad civil funcionara, ingresaban básicamente a través del sacramento del matrimonio e iban a constituir la célula básica de la sociedad que es la familia.

Desde el momento que la autoridad rehúsa esa asistencia de la gracia y dice: “No, mirá, para mí matrimonios son los que vayan ante un oficial de justicia – que cada tanto le da por sacerdotisa y les va a tirar algunas palabras, cuando no es reikista3 y les tira deseos del más allá –”, directamente ese laicismo le va ir quitando las posibilidades de cumplir esa función de justificación, es decir, que ya no habrá nada de qué ser ejemplo.

Otra cuestión que les van a vender como necesaria y que, a veces, uno compra, es la libertad del expresión: “Vos sos católico, estás en igualdad, vas a querer expresarte, te dejamos; vos sos esto, te dejamos, vos sos abortista, te dejamos.” Todo el mundo está igualmente representado.

Esta idea de la libertad de expresión es un ataque directo a la autoridad, es decir, es una de las formas más eficaces de destruir la concordia social porque entonces, si todo el mundo tiene el mismo derecho – el error, la verdad, la mentira, esto, lo otro, la opinión de cualquiera – deja de ejercerse la función de magisterio y no hay nada que enseñar, tiene que escuchar y ver cómo nos las arreglamos.

Todos estos ataques nos van a dejar desprotegidos. Eso es, quizás, lo tan grave y tan terrible de nuestro tiempo: Que va a requerir de nosotros un esfuerzo adicional para aquel que quiera tener una familia católica, para el que quiera hacer algo más o menos bien en la vida porque no tenemos la protección que existía socialmente, quizás, no hace mucho.

Tenemos una sociedad que lejos de protegernos y guiarnos, nos va a atacar porque nos deja sin autoridad, sin autoridad social, nos va dejando ante un montón de alternativas, un montón de cosas que ni siquiera son claras. A veces caemos en la tentación de entrar en esos juegos, tratar de imponer o hacer valer la verdad juntando personas y entonces, que las cosas estén bien “porque yo junté mil firmas, y como le gané al otro que juntó novecientas noventa y nueve, Argentina se salvó.”

No, no se confíen de eso porque esas son cosas que mañana caen, mañana [son los otros los que] van a juntar, y, de hecho, está predicho que cuando Cristo vuelva – [Él mismo lo] dijo – que no sabía si iba a encontrar fe sobre la tierra. Es decir que la mayoría, está asegurado, va a estar por el mal. Entonces no se confíen en esas cuestiones de mayoría porque son formas de actuar que están contradiciendo el principio de autoridad, es decir, todas esas formas democráticas que tratan de juntar gente para defender causas son castillos de arena, es construir casas sobre arena, que hoy son, mañana no son y pasado son lo contrario, y uno gastó energía y vida. Lo único que les va a dar una seguridad son las obras, por pequeñas que sean. Ahí entra un poco la capacidad que van a tener que tener ustedes de ver lo verdaderamente grande. Uno a veces se obnubila, sobre todo cuando se es joven – por eso se dice que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo –, por hacer grandes obras. A veces es fruto de una buena tendencia, de la magnanimidad, el querer hacer cosas notables, cosas grandes y hoy en día, en el ámbito de la sociedad civil, la única manera de ser resonante, de tener un gran nombre, de hacer cosas que suenen, o de hacer cosas que se escuchen, es a través de estos sistemas de mayoría y entregando un montón de cosas que le van a hacer perder la verdadera grandeza. Es más, – otra posibilidad de herejía – si nos vamos al cielo – espero que todos los que estemos acá nos encontremos, alguna vez, allí – quizás nos demos cuenta de que los mejores tiempos de la historia y los mejores tiempos de la cristiandad, no fueron fruto de grandes estadistas, de grandes reyes ni de grandes personas sino de pequeñas personas – quizás allí nos enteremos de sus nombres – que entregaron sus vidas en un ejercicio heroico de la pobreza, de la castidad y la obediencia. Hablo de religiosos y religiosas. Fueron ellos los que hicieron posible estos grandes; no los grandes los que hicieron posibles estos aparentes chicos. De alguna manera nuestro tiempo en algo se parece, es decir, nos tocan trabajos pequeños a la luz del mundo, nos tocan actividades de las cuales, probablemente, se nos burlen – no les digo hoy hablar de castidad porque la carcajada va a llegar a Mendoza y va a pasar a Chile –. El obediente es [considerado hoy], básicamente, un débil mental, una persona que no tiene capacidad de conducirse por sí mismo. Entonces obedece porque es un idiota, un imbécil, no tiene otra cosa qué hacer que obedecer.

Conclusión

Todas esas situaciones hacen que hoy – quizás, un poco para consuelo – estemos llamados a esos heroísmos pequeños que no son pequeños, son inmensos y existieron en toda la historia e hicieron posibles las cosas grandes de la historia. Esa gente, por ejemplo, religiosos, religiosas, sacerdotes, entregando sus vidas a Dios en pobreza, castidad y obediencia, fue lo que permitió que en las sociedades se derramara la gracia de Dios que llevó a hacer posibles grandes tiempos de la cristiandad y, probablemente, si lo ven – sigo apoyándome en el P. Calderón – uno de los grandes ataques y los grandes males que va a traer el modernismo es el fin de las órdenes religiosas, del clero que se llama regular, porque eso va a dejar de tener sentido. Eso es el sostén de toda nuestra vida, esa gente viviendo en castidad, pobreza, y obediencia es lo que va a hacer que a nosotros nos llegue la gracia, que a nosotros nos lleguen los bienes, y de alguna manera, – creo, es la idea de estas jornadas – nuestra vida tiene que ser, en nuestro estado, en nuestra situación, una emulación de esa vida de pobreza, castidad y obediencia que es lo que sostiene todo.

Nada va a durar en esta vida si no está sustentado sobre esta base y, quizás, lo bueno de nuestro tiempo es que tenemos la evidencia de que todo se destruyó, de que todo se cayó a pedazos en nuestra cara, de que de repente queremos matar a nuestros hijos, de que de repente nos queremos descuartizar entre nosotros con el trasplante de órganos a ver quién llega primero, quién me saca un riñón y sigue viviendo; se viene probablemente la eutanasia. ¿Por qué? Porque ya los viejos empiezan a ser una cosa absurda: El tipo no está produciendo plata, no tiene ningún sentido, ninguna razón de ser. Empieza esa deshumanización que es la pérdida de esa vida de tres consejos de pobreza, castidad y obediencia. El hombre se transforma en un lobo, es más, salió hace dos o tres meses una noticia en Chile: Mandaron a hacer unas pericias psiquiátricas a un convento de monjas porque, visto desde el mundo moderno, la verdad que ser monja es una locura. Es más, lo estaban pensando como delito de reducción a la servidumbre – hay un delito penal que se llama así – entonces, para ellos, la superiora a esta gente le estaba lavando la cabeza y las tenía sometidas, y en realidad todos están pensando que querían hacer plata y tenía un montón de gente trabajando para ella. Ese es el razonamiento. Fíjense que les parece una estupidez: Esperen dos años, esperen tres años y van a ver cómo todo esto va a ir avanzando y al rato los religiosos van a ocupar el lugar de los viejos porque no están produciendo nada, no están haciendo nada a los ojos de este mundo, cuando son los que nos están dando todo y, probablemente, Dios no nos aplastó porque existen algunas monjas y hermanos rezando en un lugar recóndito del mundo por nosotros, y Dios está deteniendo el puño.

Simplemente, para terminar, ¿Cómo nos atañe esto a nosotros? Hay una frase del Cardenal Newman: El predicador va demasiado lejos cuando empieza a llegar a nosotros, es decir, a uno le gusta hablar de los problemas del mundo, de gente que no existe, pero no cuando los problemas del mundo los empieza a tener en su casa, en el bolsillo, en todos los lugares, y acá cerquita. Nosotros, y cuando hablo de nosotros hablo de las personas que hemos tenido la gracia de conocer la obra de Monseñor Lefebvre y conocer esta maravilla y hacer nuestra vida en esta maravilla, tenemos una ventaja y una gracia que tiene hoy en día, creo, menos del 1% de la población mundial, así que siéntanse exclusivos; tenemos la gracia, digo, que a la par de la misa y del resto de los sacramentos tenemos autoridades. Y calculo que esa fue la intención de Monseñor Lefebvre al crear la Fraternidad que forma sacerdotes. Es decir, tenemos sacerdotes que dedican su vida a poder darnos su magisterio, justificación y gobierno. Esa ventaja, ese enorme bien no lo tiene, hoy en día, prácticamente nadie, si sacan la cuenta no sé si llega al 1% de la población mundial, y muchas veces somos, o por lo menos me pasó a mí, que por no entender bien este tema de la autoridad y cuáles son las funciones, cuáles son nuestros límites y hasta dónde llegamos nosotros, muchas veces lejos de ser ayudantes, impulsores de esas autoridades que gracias a Dios por una gracia especial tenemos, somos los que ponemos palos en la rueda, no ayudamos por nuestro egoísmo, por esto, por lo otro, porque critico, porque no, porque tiene que ser así, porque para mí lo tiene que hacer asá… Y no nos damos cuenta que nos estamos perdiendo una ventaja de decir: “Todos los demás van en bicicleta y Dios a nosotros nos regaló una ferrari” ¿Por qué? No sé porque, la verdad, no nos la merecíamos, pero el hecho es que la tenemos. Y bueno, ¡úsenla! Si esto les deja algo, apéguense a eso, tenemos una ventaja que el mundo no tiene, que son las verdaderas autoridades. Pónganse a ese mando y van a ver cómo, de alguna manera, si hay un ejemplo, es el ejemplo de la Virgen. Ella llegó y la invocamos como Reina y Señora de todo lo creado y Ella no llegó porque quiso ser maravillosa, porque fue a cursos de liderazgo, por ser creativa. No, fue por obediente, porque fue heroica en la obediencia y toda su vida fue esa entrega obediente a la Ley de Dios. Es esto lo que deberíamos hacer, creo yo.

Nada más.

  • 1. Padre Álvaro Calderón, “El Reino De Dios”, ediciones “Corredentora” 2017, pág. 130.
  • 2. En el libro citado del padre Álvaro Calderón
  • 3. Reiki: Pseudoterapia budista