Natividad de Nuestro Señor - Sermón de Monseñor Lefebvre

Diciembre 24, 2023
Origen: fsspx.news
Navidad1

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.

Mis muy queridos amigos,

Mis muy queridos hermanos,

Durante el canto de maitines de esa noche, hemos preguntado a los pastores: “Quem vidístis, pastores? Dícite, annuntiáte nobis. Pastores, ¿qué vieron? Dígannos. Enséñennos”. De hecho, ¿hay algo más importante y apremiante para nosotros que saber a quién fueron a ver? ¿qué vieron y por qué fueron a ver a ese niño en Belén? Y me parece que nos responden con estas otras palabras que cantamos durante estos maitines, en el primer nocturno: “Hódie Rex cælórum dignátus est de Vírgine nasci, ut hóminem pérditum ad cæléstia regna redúcat”. Esto, creo, es lo que nos responden los pastores: “Hoy, el Rey del Cielo se ha dignado nacer de la Virgen María, para llevar de vuelta al Cielo al hombre perdido”.

Esto, me parece, es el resumen de lo que pudieron aprender los pastores de los ángeles, y que aprendieron de la Santísima Virgen María y de San José: este Niño es el Rey del cielo, Rex cælórum. Aquel a quien el cielo y la tierra no pueden contener, está encerrado en esta carne de niño. El Rey del cielo, de Vírgine nasci dignátus est, nació de una Virgen, Virgen siempre virgen, manifestando así tanto su humanidad como su divinidad. Humanidad, porque nació como nacen todos los hombres, llevado por la Virgen María en su seno, pero nació milagrosamente, dejando a la Virgen María el privilegio de su virginidad, manifestando así tanto su humanidad como su divinidad. Ut hóminem perditum. Para hombre perdido. Estábamos perdidos, estábamos condenados, estábamos destinados al infierno. Por nuestra desobediencia a Dios habíamos pecado y ya no podíamos esperar volver al cielo. Ahora bien, para esto vino: ut hóminem pérditum ad cæléstia regna redúcat, para llevarlo de regreso al Cielo, porque allí estábamos destinados. Adán y Eva también lo fueron, y he aquí, por su pecado se convirtieron, con toda su descendencia, en una humanidad perdida. Pero Jesús vino a la tierra. Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María para llevarnos de regreso: Ut redúcat ad cæléstia regna. Esto es lo que nos enseñan los pastores.

Con ellos iremos hacia este Niño, y a pesar de las apariencias tan frágiles, tan pequeñas frente a lo que nuestra fe nos enseña, a lo que podamos pensar de la venida del Hijo de Dios a la tierra, creeremos. Creeremos en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, creeremos en su humanidad, creeremos que se encarnó para la redención del mundo, para la redención de nuestros pecados. Recitaremos nuestro Credo frente a todos aquellos que, por el contrario, tan pronto como nace el Niño, piensan en hacerlo desaparecer. Ya hay agitación en Jerusalén, sin duda; cuando vengan los magos, toda Jerusalén estará alborotada: “¿Quién es este rey? ¿Por qué este rey? Herodes ya lo estará haciendo desaparecer. Enviará a sus tropas a matar a todos los niños menores de dos años, con la esperanza de que entre estos niños se encuentre este futuro rey. ¡Necio, no conoce las Escrituras! Se opone al que viene a salvarlo, al que viene a salvar al pueblo judío, al que viene a salvar a la humanidad.

Antes de este episodio, cuando la Virgen María y San José estaban pidiendo asilo en una posada, los rechazaron, les dijeron que no había lugar para ellos. ¿No es esta la imagen de lo que Nuestro Señor Jesucristo, en su humanidad y en su Iglesia, ha sufrido a lo largo de los siglos? No quieren a Nuestro Señor Jesucristo. Los hombres están divididos respecto de Él: están a favor de Él o están en contra de Él. ¡Es así! Muchos son los que están en su contra, los que niegan su divinidad, o los que han negado su humanidad; los que negaron que vino a redimirnos de nuestros pecados; los que han negado todo lo que ha hecho y hace hoy para redimirnos, para dedicarnos su Sangre, para atribuirnos su Redención, para darnos su gracia, para darnos su vida divina.

En la Secreta de la misa de la Aurora se dice: “Que estas ofrendas terrenas que te damos, Señor, nos hagan participar del don divino”. Esto es lo que Nuestro Señor nos dio a través del Santo Sacrificio de la Misa, es también su presencia, la continuación de su Redención, la continuación en cierto modo de su Encarnación. ¡Oh ciertamente!, Nuestro Señor Jesucristo sólo se encarnó una vez, pero su Encarnación se prolonga y existe para la eternidad. Resucitó en el Cielo con su Cuerpo y ahora es glorioso para la eternidad, pero aún quiere venir a nosotros bajo las especies del pan y del vino para que lo adoremos, como lo adoraron los pastores en el pesebre, como la Virgen María y San José lo adoraron. Él está aquí entre nosotros. Está allí con la misma carne que tenía cuando estaba en el pesebre, la carne que tomó de la carne virgen de María. Tampoco podemos separar la Sagrada Eucaristía de la Virgen María, así como habéis podido ver, queridos amigos, durante todo el canto de esta noche, que la Virgen María estaba íntimamente asociada a la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Y qué natural resulta eso!

Porque la Santísima Virgen es también signo de contradicción: se está a favor de la Santísima Virgen, o se está en contra de la Santísima Virgen. Se quisiera hacer desaparecer este gran privilegio de su divina maternidad, de su perpetua virginidad. Se quisiera manchar la virginidad de María. Todas estas personas son las se ensañan contra Nuestro Señor Jesucristo y quieren destruir la civilización cristiana tal como Nuestro Señor nos la quiso dar, transformando nuestros corazones y nuestras almas, infundiendo en nuestros corazones y almas su vida divina con todas sus virtudes, todos los dones del Espíritu Santo y todo el espíritu de las bienaventuranzas. Esto es lo que Nuestro Señor nos quiere dar, y este mundo que niega a Nuestro Señor Jesucristo, que niega la virginidad de la Santísima Virgen, se rebela contra el Bien, contra Dios, contra la Verdad.

Tenemos que elegir y ya hemos elegido, ciertamente. Hemos elegido la fe, la fe integral en la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo. No puede haber compromisos ajenos en nuestra fe y debemos creer que esta fe que tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón es la fuente de la verdadera civilización cristiana. No puede haber verdadera civilización, no puede existir permanentemente en la sociedad la verdadera virtud, esa virtud sobrenatural, virtud que conduce a Dios, sin Nuestro Señor Jesucristo. De ahora en adelante todas las almas, tan pronto como nazcan, deberán volverse a Nuestro Señor Jesucristo para recibir la vida sobrenatural. La vida natural no es nada sin la vida sobrenatural. Dios ha querido que haya en nosotros esta vida de la gracia, esta vida divina, la vida de la Santísima Trinidad. Para eso vino. Por tanto, si nuestra naturaleza no da este fruto maravilloso, no permite este florecimiento extraordinario de vida sobrenatural, de nada sirve, es como un candelero que no tiene vela ni llama. Entonces, debemos dirigirnos a Nuestro Señor Jesucristo y mirar, contemplar su nacimiento eterno dentro de la Santísima Trinidad. Nacimiento del Verbo: es lo que nos acaba de decir San Juan en el Evangelio que hemos leído, nos habla del nacimiento eterno: “Et Deus erat Verbum” (Jn 1, 1).

Un segundo nacimiento que también debemos contemplar en Nuestro Señor es su nacimiento como hombre. Et homo factus es (Credo). Et Verbum caro factum est (Jn 1,14). Nuestro Señor nació, aquí abajo, en la tierra, del vientre de la Virgen María. Ahora es parte de la historia humana. Así lo quiso. Él es el centro, es el corazón de toda la historia de la humanidad. Nada podemos entender de la historia de este mundo, nada podemos entender de la historia de los hombres si no juzgamos todas las cosas por Jesucristo, en Jesucristo, en relación con Nuestro Señor Jesucristo.

Finalmente, un tercer nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo que debemos considerar es el nacimiento de Jesús en nuestras almas, y yo diría que para nosotros es el más importante porque en definitiva es el que nos hace partícipes del nacimiento eterno de Dios, de Jesús en tanto que Verbo. Es el que nos hace partícipes del nacimiento de Jesús aquí abajo, en su Sagrado Cuerpo, en su Santa Alma. Por lo tanto, debemos nacer, nosotros de Jesucristo y Jesús debe nacer en nosotros. Esta es también la razón por la que vino. Necesitamos renacer. Nisi quis renátus fúerit ex aqua et Spíritu Sancto, non intrabit in regnum cælórum (cf. Jn 3, 5). El que no renazca del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el Reino de los Cielos. Debemos, por tanto, nacer de Nuestro Señor Jesucristo y tener la tarea de hacer crecer en nosotros la vida de Nuestro Señor Jesucristo, de conservar en nosotros la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Y ese es todo el espíritu de la Iglesia Católica. Ahora, todas las herejías, y particularmente la herejía protestante, niegan estas cosas. Para los protestantes, el nacimiento espiritual del bautismo es sólo una llamada, una confianza del corazón en Nuestro Señor Jesucristo, pero no un renacimiento interior por la vida de la gracia, por la vida santificadora, por la vida sobrenatural. Nada de esto está en los protestantes.

Pero nosotros, por el contrario, creemos en lo que la Iglesia siempre ha enseñado, lo que la Iglesia siempre ha buscado en toda su pastoral, en toda su predicación, en toda su institución que gira en torno al altar. Y precisamente, ¿por qué alrededor del altar? Porque la Eucaristía es fuente, fuente inagotable de vida sobrenatural, de vida divina. Necesitamos unirnos con Nuestro Señor Jesucristo para nutrir nuestra vida sobrenatural. Por eso seréis sacerdotes, para dar vida sobrenatural a las almas, para dar a las almas la vida de la gracia, para realizar la finalidad por la que Nuestro Señor Jesucristo se hizo hombre. No es por otra cosa que Él ha nacido en el pesebre; no es por otra cosa que vivió durante treinta años en Nazaret; por ninguna otra razón predicó el Evangelio y subió a la Cruz, derramó su Sangre y resucitó. Es para que haya Iglesia, para que haya sacerdotes, para que haya vida sobrenatural, para que su Vida se propague en las almas. Esta es la meta de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Tenemos que manifestar nuestra fe, tenemos que mantener esa fe en lo profundo de nuestros corazones y hacer frente a todas las presiones a las que podríamos estar sometidos hoy por todos los medios de comunicación social, o por todos los medios que el demonio pueda emplear para hacernos perder la vida sobrenatural y hacernos negar la existencia misma de esta vida sobrenatural.

Pidámosle sobre todo a la Santísima Virgen María, que nos haga comprender estas cosas y que nos haga partícipes de estos misterios, porque son misterios divinos: misterio de nuestra naturaleza, misterio de nuestra creación, misterio de nuestra redención, misterio del pecado. ¡Todos estos misterios! Pidámosle a la Santísima Virgen María, en este tiempo navideño, que nos ayude a comprender el misterio y el motivo de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Ciertamente escuchó a los pastores y las alabanzas que hicieron. María autem conservábat ómnia verba hæc, conferens in cord suo (Lc 2, 19). La Santísima Virgen guardaba las palabras que se decían, y las repetía en su corazón. ¡Qué hermoso es esto y cómo nos revela la vida de oración de la Santísima Virgen María! Pidámosle que comparta su oración con nosotros, que comparta con nosotros los pensamientos que tuvo en ese momento para que algún día podamos participar de su gloria.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.